Por qué Divine, Chanceline y Bernadette son el futuro

Ruanda está entre los primeros países del mundo en igualdad de género. Pero la generación nacida tras el genocidio de 1994 y crecida durante la gran transformación del país conoce bien la discriminación de una sociedad aún muy patriarcal. Ellas son el cambio

Ruanda es el sexto país en la lista del Foro Económico Mundial por sus esfuerzos por reducir la brecha de género Ruanda es el sexto país en la lista del Foro Económico Mundial por sus esfuerzos por reducir la brecha de género CATERINA CLERICI

CATERINA CLERICI Y ELÉONORE HAMELIN

Sobre el papel, Ruanda está a la cabeza del mundo en igualdad de género. El país africano presume de tener el porcentaje más alto de mujeres en el Parlamento (67.5%) y, según el Foro Económico Mundial, ocupa el sexto puesto por sus esfuerzos por reducir la brecha de género, después de cuatro países escandinavos y Nicaragua. Más de dos décadas después del genocidio de 1994, la política promovida por el Gobierno ha llevado a la práctica el empoderamiento femenino a todos los niveles: educativo, económico y político. No obstante, aunque la generación nacida tras el genocidio pudo votar por primera vez en agosto, los testimonios de su vida cotidiana muestran una realidad diferente.

Divine, Chanceline y Bernadette son tres jóvenes del campo. Nacieron después del genocidio en un país completamente diferente del de sus madres y abuelas. Aun así, pronto conocieron de cerca la discriminación y la violencia, herencia del pasado reciente del país, y su sociedad todavía profundamente patriarcal. Hasta que no las vencieron, no comprendieron lo que significa la igualdad de género ni lograron retomar las riendas de su vida. Como muchas otras mujeres de su generación, empezaron a creer en el cambio. Un cambio obra de las mujeres.

Divine, 22 años

Dos carpas blancas y espaciosas ocupan lo que hasta el día anterior no había sido más que una parcela de tierra dura y polvorienta en Bugesera, en el campo ruandés, ofreciendo sombra en el insoportable calor de la mañana. Es la estación seca. En cuanto llegan los invitados, los hacen sentarse según la familia a la que pertenecen: los del novio a la derecha, los de la novia a la izquierda. Las tiendas se llenan de docenas de gafas de sol, trajes coloridos y kitenges (telas). Algunos niños curiosos trepan a los aguacates cercanos para atisbar entre el follaje. El espectáculo está a punto de empezar.

“Gracias a todos por venir. Estamos aquí para celebrar la elección del nuevo presidente”, comienza el maestro de ceremonias de la ocasión. Según la tradición ruandesa, una boda no se reconoce como tal hasta que la familia del novio pide la mano de la novia a través de la intervención de los sabios de ambas partes. Un hombre alto de cabello gris —el sabio del novio— agradece a la familia de ella que acoja la fiesta y la obsequia con una botella de vino llamado Divine, como la joven.

“La otra vez que viniste, no dijiste cuál querías”, bromea una voz desde la carpa de la novia. “Ayer Divine conoció a otro y ya se la hemos dado a él. Pero puedes quedaros con su prima Murekatete”. El micrófono pasa de mano en mano a medida que la farsa continúa, hasta que, por fin, las familias coinciden en que nunca ha habido animadversión entre ellas. Se acepta la petición de Innocent Ntirengaya de casarse con Divine Uwamahoro, y también la dote: ocho vacas que llevan horas mugiendo en un pasto próximo.

Divine nunca pensó que se casaría tan joven. Solo tiene 22 años, aunque ya es madre a tiempo completo de Keza Leilla, de tres años y medio. Cuando, dos años antes, conoció a Innocent en la boda de una amiga, supo al instante que se había enamorado. “Lo que me cautivó fue que conocía muy bien mi historia y que no se echó atrás”, recuerda. “Siempre me escuchó y me aceptó como soy”. Al final, los dos aparecen delante de los invitados. A su espalda, un pastor con traje tradicional y sombrero de vaquero arranca a cantar por la salud de las vacas y los novios. Ambas familias les dan sus bendiciones y hacen fotos.

 

Según datos de Naciones Unidas, 95.000 niños quedaron huérfanos durante el genocidio, y entre 250.000 y medio millón de mujeres fueron violadas. Una de ellas era la madre de Divine

Divine es hija de una violación ocurrida durante el genocidio. Innocent es huérfano. Perdió a su padre en las masacres y, al poco tiempo, también a su madre. Casi 25 años después, el nombre Ruanda sigue evocando en todo el mundo los 100 días trascurridos entre abril y julio de 1994, en los que las vidas de 800.000 personas, en su mayoria tutsis, fueron arrancadas por los extremistas hutus (…).

A diferencia de los huérfanos del genocidio, los hijos nacidos de una violación no tienen derecho a las ayudas del Gobierno y pueden vivir en la pobreza y estigmatizados por la comunidad (…).

En la Ruanda posterior al genocidio existe por primera vez la igualdad entre hombres y mujeres, al menos según la ley

Tras la separación de sus padres cuando ella tenía cinco años, la niña fue educada por su abuela siguiendo las antiguas normas. Pronto fue la única mujer joven que quedaba en la casa. “Mi abuela solía decirme que tenía que hacer las tareas propias de las chicas, y que los chicos tenían otras ocupaciones”, recuerda. “Pero estaba cansada porque siempre tenía que hacerlo todo para todos: cocinar, lavar los platos, hacer la colada… Ni siquiera tenía tiempo para los deberes”. En el colegio pasaba lo mismo. Chanceline y sus compañeras de clase eran las únicas que tenían que cocinar y servir la comida en el comedor o quedarse depués de clase a limpiar.

El primer día de colegio, en el pequeño edificio situado a pocos kilómetros de la frontera con Ruanda, su nuevo tutor la puso en un aprieto con una extraña pregunta: “¿Cuántas chicas y cuántos chicos tienen dos manos?” Mientras ella lo miraba atentamente en busca de una pista, el tutor, que se había formado en Rwamrec, respondió sencillamente: “Los dos tenéis dos manos. No hay nada que una chica pueda hacer con sus manos que un chico no pueda hacer con las suyas, y viceversa”. A Chanceline enseguida le gustó la idea y empezó a ocuparse de las tareas que, hasta entonces, habían sido “solo para chicos”, como cortar leña o pastorear vacas.

“Los chicos empezaron a burlarse de mí y a llamarme marimacho, pero yo seguí”, cuenta con un deje de orgullo en su voz suave. “Les demostré que podía hacer lo mismo que ellos”. Más adelante, la joven se armó de valor para repetirlo en casa y se atrevió a pedir ayuda a sus hermanos. Recuerda que tardó un poco en conseguir que entendiesen que, si lo hacían, todos tendrían más tiempo, pero, al cabo de un año, por fin empezaron a escuchar. Ahora, cuando acaba las clases y una parte de las tareas domésticas puede hacer los deberes y, lo más importante, ensayar las canciones que cantará el domingo con su grupo.

Abdul Jalim Muvunyi, amigo y vecino de Chanceline, de 19 años, recibió la misma educación en el colegio, pero en su casa sus “nuevas ideas” no fueron tan bien recibidas. Su familia vive en una pequeña parcela de Bugesera, a 15 minutos en bicicleta del colegio por un camino de tierra. A veces, por la tarde, cuando vuelven juntos a casa del instituto, Chanceline se queda un rato en el patio de Abdul Jalim a escuchar música en su móvil y cantar a coro. El chico, con la sudadera nueva todavía puesta a pesar del calor, se pone a barrer y a fregar el suelo.

“La primera vez que lo hice, mi padre me pegó, y lo mismo hacía si me veía cocinando o trenzando hojas de palma”, recuerda. Pero el curso escolar está acabando, y a estas alturas incluso su padre —que usa bastón para caminar y deja un intenso olor a cerveza de banana dondequiera que va— se ha acostumbrado a verlo ayudar en la cocina, así que ya no dice nada (…).

En los pueblos, cuando la gente ve a un hombre haciendo las tareas de la casa que corresponden a las mujeres, dice que lo han envenenado

Ruanda es un país atípico. Tradicionalmente, las mujeres son las que mantienen a la familia. Ellas aportan el 88% de los ingresos familiares y, en consecuencia, deberían estar menos expuestas a ser víctimas de la violencia. Sin embargo, el 34% declara haberla sufrido, ya sea violencia física o sexual, por parte de su pareja. Con todo, el porcentaje es inferior al de la mayoría de los países de la región. En Uganda, por ejemplo, es del 50%. “A pesar de todo, seguimos teniendo demasiados hombres que callan y creen que tienen que ser el jefe de la casa. Nos encontramos con la resistencia de los hombres que se niegan a renunciar a sus privilegios y a su poder”, denuncia Rutayisire, que tiene su esperanza puesta en las nuevas generaciones. Entre los menores de 55 años, prosigue, “los hombres siguen siendo la mayoría de la población. Nunca lograremos la igualdad de género a menos que consigamos que se involucren” (…).

Bernadette, 18 años

Como todos los fines de semana, el sábado por la mañana, toca fútbol. A menos de una hora de Kigali, el campo de tierra roja interrumpe el verde de la colina cubierta de bananeros. Dos equipos de chicas juegan mientras un grupo de niños las vitorea desde la poca sombra que han podido encontrar junto a las bandas. Cuando termina el partido, las jugadoras, todas adolescentes y preadolescentes, se les acercan, beben agua fresca o se la echan unas a otras por la cabeza. Algunas dan el pecho a los más pequeños del público. Todas hablan del recién llegado, y es que una de sus amigas ha dado a luz esta mañana.

Las chicas del Centro Marembo tienen historias muy largas para sus cortas vidas. Alice fue violada por un compañero de clase que la dejó embarazada; Josiane se escapó de casa porque su madre no le permitía que acabase sus estudios, y la madre del pequeño Olivier sufrió los abusos sexuales de su padre, así que el bebé es, al mismo tiempo, su hijo y su hermano. Muchas de ellas son menores y tienen enfermedades de transmisión sexual. Actualmente, el Centro Marembo, que acoge a unas 70 chicas, es el único refugio de Ruanda para niñas de la calle y madres y embarazadas adolescentes víctimas de abusos.

La época colonial

En época colonial, Ruanda fue motivo de tensiones entre Bélgica, Inglaterra y Alemania debido a su posición estratégica entre los tres imperios. En la Conferencia de Berlín de 1885, el país africano y su vecino Burundi fueron asignados a Alemania. Sin embargo, cuando terminó la Primera Guerra Mundial se traspasaron a Bélgica en cumplimiento de un mandato emitido por la Sociedad de Naciones en 1923. En Ruanda, las potencias coloniales gobernaron sirviéndose de la estructura política anterior —a cuyo frente había un rey (mwami)—, favorable a los tutsis. No obstante, antes de la llegada de los belgas, los tutsis, los hutus y los twas no eran etnias, sino más bien castas. Incluso era posible que una persona pasase de un grupo a otro, y los tres compartían (y siguen compartiendo) la lengua y las costumbres. Antes de la cristianización del país, tutsis, hutus y twas creían también en el mismo dios (Imana). Fueron los colonizadores belgas, con el apoyo de la Iglesia católica, los que dividieron a la población según criterios étnicos. En 1933, todos los ruandeses estaban obligados a tener un documento de identidad étnica, que más tarde se utilizó para identificar a las víctimas durante el genocidio. En época colonial, los belgas favorecieron a los tutsis. Ensalzaban su «sofisticación» y los llamaban «el pueblo elegido». En cuanto la élite tutsi cayó en la tentación de la descolonización, los belgas rompieron su alianza y apoyaron a los hutus cuando el país declaró su independencia en 1962 (…).

https://elpais.com/elpais/2019/02/06/planeta_futuro/1549469771_558930.html

 

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