Posadas en Bellavista: Piñatas, barrio y tradición

 

Cuentan las voces lejanas de las tradiciones populares, cuyos ecos todavía se alcanzan a escuchar con cierta claridad, que al poniente del Valle de Anáhuac hay un lugar que el escritor y estadista decimonónico don Francisco Zarco llamó el lomerío de Tacubaya. Ahí, en una de las siete lomas que lo forman, hay un barrio llamado Bellavista. Quienes lo conocen están ciertos de que es un lugar donde la gente es lista, es artista y hay uno que otro carterista.

Se sabe que en Bellavista hay una familia especialmente empeñada en que las costumbres navideñas no sucumban enterradas por el mercantilismo que cada año, en diciembre, inunda la vida del barrio con la banalidad de los sustitutos de la tradición que deslumbran a los habitantes del lomerío, sobre todo a los más jóvenes, con el oropel de la oferta de productos insulsos cuyo consumo supone la sustitución de los valores populares de la temporada navideña.

Esa familia es un baluarte de las tradiciones mexicanas, especialmente las que corresponden a la Navidad, por lo que la celebración de las posadas es su especial preocupación. Cada año, esa familia se esmera en colocar en su casa de Bellavista los adornos típicos de esa temporada, para celebrar con todo el corazón las fiestas decembrinas.

Cada uno de sus integrantes se encarga de apadrinar una posada. Entonces invita las piñatas; de ellas, por lo menos tres son reventadas a palos de ciego. Sin duda, lo más importante es pedir la posada, para lo cual los peregrinos hacen lo propio, llevan al niño Dios en un pesebre, lo arrullan y cantan la letanía, como lo manda la tradición, pidiendo posada a los dueños de la casa. Luego de que se las dan, al son de “entren santos peregrinos”, vienen la colación, la cena siempre suculenta y el ponche con su piquete de tequila o ron, según sea el caso.

Por supuesto, luego de los cantos tradicionales para pedir la posada, viene la fiesta animada por unos pasos de chachachá para desentumir del frío a la familia, allegados, amigos y algunos pachucos colados que, por cierto, en el barrio de Bellavista abundan.

Así, entre limas, naranjas, cañas de azúcar, tejocotes, colaciones, ponche y uno que otro pachuco transcurren las nueve posadas en el lomerío de Tacubaya, en Bellavista, en la casa de los guardianes de las tradiciones mexicanas de diciembre, hasta que llega la noche del mero 24, cuando con amor y dicha se espera con ansia el nacimiento del niño Jesús, que con su presencia llena de dicha a la familia que, con muchos esfuerzos, cada año se distingue por su devoción a las costumbres navideñas, misma que cristaliza en la instalación de un esplendoroso nacimiento, por cuyo riachuelo corre un espejo de agua. Ahí, en las aguas prístinas de la devoción, se refleja la fe ancestral que acompaña a la familia Ramírez Saldívar en el camino que lleva hasta el pesebre donde cada año renace el verbo del amor simbolizado por el niño Dios.

Felices posadas; feliz Navidad.

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