Editorial, Número 4

La intolerancia, el miedo a la diversidad y el afán de encerrarse en lo conocido y lo cercano son factores que degradan la convivencia y limitan el desarrollo de la Humanidad en todos los órdenes.

A menos de un siglo de distancia de la Segunda Guerra Mundial, soplan en el mundo vientos que las lecciones históricas parecían haber apagado hace tiempo. La discriminación y el racismo aparentemente han resurgido de sus cenizas para enseñorearse en la escena  mundial.

Hoy no son los judíos y los gitanos, sino los musulmanes, los mexicanos y los afrodescendientes quienes concitan el odio alentado desde la vesania de los supremacistas blancos que periódicamente quieren quedarse solos en el dominio del mundo.

Donald Trump ha sembrado la semilla del odio entre los niños blancos, que comienzan a sentirse superiores por el solo hecho de tener la piel menos pigmentada que algunos de sus compañeros, y que están aprendiendo a odiar a quienes son diferentes por el solo hecho de serlo.

En este sentido, resulta sobrecogedora la visión que se desprende del artículo publicado en este número de Diversidad Cultural por Anne Köster, en el que nos muestra el “efecto Trump” entre mexicanos o hijos de mexicanos que están resintiendo los embates supremacistas alentados por quien será el hombre más poderoso del mundo.

Parece imposible que en pleno siglo XXI exista intolerancia hacia quien tiene una apariencia diferente por sus rasgos y su color de piel, el piensa diferente, el que habla diferente, el que viste diferente, el que tiene distintos gustos, el que tiene una religión diferente o no tiene religión, el que vive en lugares humildes en los que escasean los servicios.

A lo largo de la historia, el recrudecimiento de la intolerancia ha devenido en guerras sangrientas que no tienen ganadores claros y que no dejan lecciones perdurables sobre la inutilidad de la violencia física o psicológica ejercida contra nuestros semejantes para tratar de imponer un punto de vista, por más descabellado que éste resulte.

Sitios como el magnífico Museo de la Tolerancia ubicado en la Avenida Juárez de la Ciudad de México nos recuerdan cómo algunas de las guerras más encarnizadas tienen su origen en el odio, el racismo y la estupidez, y cómo el saldo de estos enfrentamientos es terriblemente sangriento e inútil.

La maquinaria racista está en marcha, y sólo la inteligencia, y la tolerancia podrán lograr que no adquiera proporciones catastróficas.

Por lo pronto, si bien no hemos llegado a los extremos que se barruntan con Trump, las expresiones de racismo y odio menudean, y hay mucho por hacer para frenarlas y, en contraparte, propiciar un ambiente de inclusión, tolerancia e identificación con el otro.

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