Miguel León Portilla (“Teatro náhuatl prehispánico”) ha insistido en la relevancia de esta expresión artística, de la que distingue cuatro grandes etapas: 1) diversas formas de danzas, cantos y representaciones expresadas como acciones dramáticas en las fiestas de honor a los dioses; 2) varias clases de actuación cómica y de diversión ejecutadas por personajes que hoy denominaríamos titiriteros, juglares o prestidigitadores; 3) escenificación de los grandes mitos y leyendas nahuas; 4) formas de comedias o dramas que representaban problemas de la vida social y familiar. En todas ellas, estas representaciones parecen haber tenido un carácter ritualizado y haber estado estrechamente asociadas a formas religiosas, que eran una característica central de la organización social nahua.
El teatro español que llegó a la Nueva España estaba también estrechamente asociado a la vida religiosa, de acuerdo con lo que afirma Luis Weckmann. Como parte de la herencia medioeval, las representaciones teatrales que llegaron a América eran obras eminentemente religiosas asociadas a la liturgia y a festividades de la iglesia católica.
Con la conquista, la incorporación de los indígenas —como público, como actores y como escritores—, con el tiempo dio sus propias características a las representaciones teatrales. En particular, en relación con las festividades navideñas resaltan los autos sacramentales sobre el nacimiento de Cristo. De acuerdo con Luis Weckmann, estos autos, “alusivos a la encarnación de Cristo y a la redención del género humano”, tenían como personajes centrales a los pastores, heredados de la lírica trovadoresca medieval. De ahí que se les denominara popularmente pastorelas. Su papel como medio de difusión del credo católico entre los indígenas abrió este género a su participación directa, puesto que se prefería hacer las representaciones en lenguas indígenas. Un ejemplo claro de la fusión de ambas tradiciones escénicas es la Comedia de los Reyes, compuesta en Tlatelolco, en la que se incorporan referencias directas a las deidades cristianas y prehispánicas.
En México, las pastorelas fueron empleadas por los frailes franciscanos para predicar la religión católica y lograr la conversión de los indígenas. Para esta práctica, resultó por demás relevante la existencia de una tradición teatral que permitía la comprensión popular de una forma de comunicación reverenciada, y, mediante la participación de los especialistas del teatro prehispánico, que han sido descritos como cantores, actores, danzantes, bufones, poetas y escenógrafos profesionales, abría paso a la formación de imágenes basadas en un profundo sincretismo religioso. A esto debe sumarse que los preceptos religiosos católicos que se introdujeron en la América hispánica tuvieron como inspiración normativa las resoluciones del Concilio de Trento (1545-1563) que supuso, de manera especial en España, una reafirmación de las posiciones de la Iglesia católica y una recuperación de las costumbres de la religiosidad popular.
Sobre estas bases trabajaron los frailes evangelizadores en la Nueva España para introducir sus enseñanzas religiosas; en especial los franciscanos. Los villancicos y pasos de Navidad fueron introducidos en México por Fray Pedro de Gante y en Michoacán por Vasco de Quiroga. Estas representaciones constituyeron una forma de difundir las enseñanzas católicas, pero su utilización ritual hizo que en algunos lugares llegaran a emplearse para “limpiar el aire de los malos espíritus”. A pesar de que la Inquisición intentó reprimirlas por este carácter idolátrico, sobrevivieron hasta convertirse en una auténtica manifestación de teatro popular.
En distintos lugares de México, estas expresiones se celebraron desde el siglo XVII y, con una gran diversidad, siguen llevándose a cabo. La historiadora Ma. Isabel Sen Venero (Boletín UEHS 50, diciembre de 2006) subraya que, a pesar de que las pastorelas en general cuentan la misma historia (el eterno conflicto entre el bien y el mal) constituyen una abigarrada mezcla de enseñanzas religiosas, sabiduría popular y comedia sarcástica. Mediante la combinación de canciones, bailes, poesía e improvisación, los participantes logran hacer adecuaciones a la trama para ajustarse a las características del público, la escena y el contexto en el que se representan.
La antropóloga Elizabeth Araiza (Relaciones 135, verano 2013, pp. 181-218) encuentra que en casi todo el estado de Michoacán se lleva a cabo una representación escénica llamada “pastorela” o “coloquio de luzbeles” que tiene raíces en la tradición colonial, pero cuya representación contemporánea incluye referencias y expresiones relacionadas con las condiciones actuales de la localidad en la que tiene lugar. La pastorela revela sobre la escena “lo que en la vida ordinaria permanece en secreto, pero al mismo tiempo se disimula”. Son representaciones vivas que pueden durar muchas horas y que incluyen secuencias de dramatización, caracterización de personalidades distintivas, danzas y cantos. Se trata de ejecuciones dramáticas que no se limitan a un foro cerrado, a un libreto o a una duración predefinida. Forman parte de una cadena de acciones rituales asociadas con un calendario con origen religioso, que se realizan a lo largo del año y forman un ciclo. La atención que se presta a la preparación y realización de la pastorela es muy importante, requiere de planeación y la participación activa de un número considerable de intérpretes. En su conjunto, constituye una actividad que permite refrendar los lazos familiares y comunitarios, que se mantiene como una tradición viva, que se reproduce y enriquece a partir de alegorías para combatir el mal, las cuales parten de la realidad cotidiana.
En las grandes ciudades el carácter popular de la representación de las pastorelas ha dado paso a un ejercicio mucho más comercial. En estos casos, aunque la representación busca la reacción de los espectadores, e incluso puede esperar cierto grado de participación, en general tienen un carácter de espectáculo para un público pasivo. Por ejemplo, la Cartelera de Teatro define el argumento de una pastorela como “las peripecias que viven los personajes de María y José camino a Belén; por otro lado, muestra la lucha entre los pastores y los demonios, que representan los siete pecados capitales, quienes acosan con trampas, tentaciones y obstáculos a los pastores con el fin de que desistan. En otras, se exhibe la lucha entre los personajes del arcángel San Miguel y Lucifer, parodiando la interminable batalla entre el bien y el mal, pero con un final feliz.” Y después presenta una lista de obras, con temáticas semejantes, para públicos diversos, en distintos centros para espectáculos de la Ciudad de México (http://carteleradeteatro.mx/2016/las-pastorelas-una-arraigada-tradicion-mexicana/).
Muchas representaciones contemporáneas de las pastorelas urbanas, atrapadas entre una defensa obcecada de “la tradición” y la necesidad de atraer público, suelen recurrir al abaratamiento de las situaciones jocosas y el empobrecimiento de la actuación. A ello se suma que, por diversos motivos, es cada vez más difícil montar, así como mantener en cartelera grandes representaciones teatrales de las pastorelas clásicas. Por otra parte, la iglesia católica prácticamente ha dejado de recurrir a las representaciones teatrales en apoyo de la evangelización.
Las representaciones verdaderamente populares de estas fiestas de ritualidad colectiva —no en vano perseguidas por la Santa Inquisición—, persisten, pero se van quedando aisladas en localidades indígenas y pequeñas poblaciones rurales.
Parece difícil que esta tradición desaparezca en el corto plazo. Sin embargo, es previsible que persista la degradación de las piezas teatrales que se monten en aras de obtener mayores ingresos de taquilla, y en detrimento de los textos tradicionales de las pastorelas.

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