Angelique o la voz de la melancólica migración

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Es sábado y tienes una invitación para ir al bar, a un bar que está en Coyoacán y es teatro; un teatro que es cabaret; teatro, cabaret y bar en el mismo tiempo y espacio, pero además se llama El Vicio, y el vicio me embriaga, el vicio de quererte me domina. Verás un montaje escénico que es teatro, es cabaret, es concierto, es jazz, es voz interna, es grito de migrante que exterioriza los sentimientos traducidos en clave de soul, es muchas escenas oníricas, es muchos recuerdos. Vas en busca del fuego de la melancolía que todo lo consume.
Te invitó Octavio Ruiz Galván, tu compadre y carnalito del alma, sobreviviente del legendario Taller de Comunicación Abierta, el TCA, el Doctor Tavus de tu libro de relatos El Tigre de Tacubaya: Estudio del mal, investigador de leyendas, buscador de identidades, constructor y recuperador de la cultura popular de los barrios urbanos a ritmo de rock and roll, el último y el primero de los pachucos, creador sistemático del concepto científico alegórico Homo dancing autenticus ñis.
Te dicen que la obra en escena narra la vida de una cantante hija de madre norteamericana y de padre marroquí, nieta de una abuela aristócrata y de otra abuela que fue esclava, y que la trama sucede en 1959, el año en que naciste; es el año en que llegaste al mundo ¿Te acuerdas de aquel 5 de mayo, a las 5 de la mañana? Es también el año en que ella llegó de París a México. Es la historia de una migrante negra que evoca su pasado en París; es la historia de una cantante negra en un país de mestizos blanqueados, educados para negar su propia negritud. Es nostalgia, es evocación, es memoria, es, sobre todo, melancolía: es Angélique.
Cuando vas de los barrios bajos de Tacubaya a Coyoacán y cruzas la ciudad del poniente al sur, de un lugar al otro, los contextos cambian; la gente que habita en Bellavista, en los márgenes de Tacubaya, es diferente a la gente que habita en Coyoacán. Su apariencia es diferente, como las diferencias entre la clase media y la clase baja; su manera de caminar, de hablar, es diferente. En la ciudad de México, ir del poniente al sur es transitar por las diferencias de las clases sociales, por las diferencias étnicas, por las diferencias lingüísticas; sin embargo, de todas formas estás en tu ciudad, en tu país; es decir, cambia todo, pero no cambia mucho, pues es tu ciudad, es tu país, por muy trotamundos o bohemio o melancólico que seas, no eres migrante; te repito, es tu país, lo sabes bien, no eres migrante.
Te citaron a las 6 y estás a tiempo de llegar. Caminas por grandes avenidas al estilo Chilangolandia. Entras al Metro, te sumerges en él, viajas a través de sus túneles. En el interior del vagón del Metro, miras a la gente; en los andenes, ves pasar frente a ti a las familias que en sábado, por ahí de las 5 de la tarde, regresan a sus casas entre sonrientes y cansadas, somnolientas, aburridas o simplemente ausentes después de visitar el museo de Antropología o el zoológico, visita programada para realizarse el sábado. Sales del Metro, ya estás en el sur de Tecnotitlán, la ciudad exótica agobiada por el caos, Cihuacoatl revelada en el inundado valle de Anáhuac.
Caminas otro poco, cruzas más avenidas —Churubusco entre ellas—, llegas a Coyoacán, estás en sus inmediaciones, evades los ataques de algunos conductores homicidas que conducen sus lujosas camionetas marca estatus, conductores sin conciencia del tránsito de los demás que se obstinan en aplastarte. Caminas otro poco y entonces ahí estás, frente al bar, justo a la hora pactada para la cita, las 6 de la tarde; ahí te encuentras con el rey de todos los pachucos del mundo, del mundo real y del mundo imaginario, de todos los mundos posibles, habidos y por haber, de todos modos pachuco eres, pachuco te llamas y en pachuco te has de convertir. Baile mi rey.
Estás a unos minutos de que la obra inicie, entonces escuchas la primera canción interpretada por el quinteto de jazz que acompaña a Angélique; es el tema de la película Picnic —sí, donde sale la rubia Kim Novak—, y es imposible evitar la evocación, la lluvia de recuerdos te empapa toditito el corazón. El jazz es el medio y la melancolía es el mensaje.
El maestro de ceremonias aparece, te da la bienvenida a ti y al público que esa tarde acude a El Vicio, luego presenta a Angélique, Muriel Ricard, quien te recibe con la vida en rosa al estilo Edith Piaf. Luego ella te cuenta su vida, la vida de una migrante negra que llega a un país donde el blanqueamiento es secular, es política del Estado nacional para homogenizarnos, para borrar nuestras diferencias étnicas, para construir una nación mestiza donde hipotéticamente no hay diferencias, un mestizaje en donde la base de la nación descansa sobre el secuestro de la población africana traída con violencia, mediante el esclavismo legalizado por los países imperiales que se repartieron el mundo allá en el siglo XVI.
Entre evocaciones de su infancia en París y de la lectura de sus cartas que, más que palabras, contienen su memoria viva, ella te cuenta y te canta su nostalgia, evocación que es caminante inseparable que cruza caminos y navega océanos hasta llegar a donde el destino no tiene palabra de honor que cumplir, porque no hay destino sino diáspora, ruta del esclavo negro, migración interminable convertida en canción de sufrimiento. Melodía transfigurada en migración arrancada de África para el mundo.
Entre canciones de jazz, Angélique te cuenta quién es y por qué está ahí, frente a ti, en este bar, en un país que no es el suyo, en un país que no la reconoce por su color de piel, que no le habla con sinceridad, que no la entiende por lo que es, por lo que ha vivido, por ser migrante negra en un país que se niega a sí mismo, en un país que no se atreve a mirarse sin rubor ante el espejo, sin avergonzarse de la oscuridad de su piel. En un país donde el color oscuro de tu piel es motivo de escarnio, de violencia física y verbal, de discriminación, de racismo, sí, de racismo, o qué ¿En México no hay racismo porque no hay negros?
Entonces al final de la obra, como para recordarnos que en México si hay poblaciones afromexicanas, aparecen en una pantalla imágenes fotográficas de la población negra de la Costa Chica de Guerrero, de Oaxaca, y luego piensas en los mascogos de Coahuila y en las mulatas que conociste cuando viviste unos años en el barrio de la Huaca en el puerto de Veracruz. Entonces te acuerdas de la anécdota que te cuenta el antropólogo Gonzalo Aguirre Beltrán en su libro Cuijla —Cuajinicuilapa en contracción—, cuando andando por la Costa Chica guerrerense buscaba a la población negra y en cada municipio, a su pregunta explícita ¿En dónde están? ellos mismos le contestaban “aquí no están; búsquelos más adelante”. Y entonces te acuerdas que el conteo del INEGI de 2015 consigna una población de 1 millón 400 mil negros y negras en México. Ahí nomás para las estadísticas. Y entonces te acuerdas de que en México hay un gran movimiento negro para obtener su reconocimiento constitucional, y te preguntas ¿hasta dónde hemos llegado? Y entonces Angélique te da la respuesta: “Soy india, soy blanca, soy negra, soy mujer, soy muchas mujeres y no me alcanzan todos los espejos para mirarme”.
Para quien camina por la vida como un trotamundos o como un bohemio, la llegada al bar no es terminal; es la siguiente parada en el camino que no concluye ahí, sino que continúa después de beber unos tragos de tequila, de ajenjo, de cerveza, de vino, de mezcal o de la bebida que te mitigue la melancolía que te acompaña al bar que elijas, el que sea, a donde quiera que vayas, sea día o sea madrugada. Sea lo que sea que bebas, siempre es incidental, pues la melancolía sigue ahí junto a ti, o más aún, sigue dentro de ti, en tu sustancia esencial, en tu mirada, en tu cuerpo, en tu sudor, en tus lágrimas, en tus vísceras, en tu pensamiento, en tu memoria, en tus recuerdos, en tus cartas, en tu alma, sea cual sea el camino que transites, no hay pierde, cualquier camino te lleva hasta el siguiente bar donde siempre te acompañará tu inseparable y fiel melancolía, que seguirá ahí junto a ti bebiendo de tus tragos, emborrachándose de tu ser; entonces es cuando descubres que, vayas a donde vayas, la melancolía es migrante, es migración, es tu sustancia esencial.

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