Discurso de odio electoral 2018

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Pese al costo millonario del proceso electoral 2018, la apuesta de los partidos de la derecha y sus coaliciones al discurso de odio como principal soporte de sus campañas electorales se reiteró en la edición que concluyó con la elección del domingo 1 de julio.

Dicha apuesta canceló las posibilidades, tanto del PRI como del PAN — porque el PRD dejó de contar al ceder su lugar al partido de la derecha— de proponer campañas presidenciales nuevas en términos de narrativas interesantes basadas en ideas y no en odio.

Sin embargo, una mezcla de soberbia con xenofobia los llevó de nuevo al terreno del odio y del miedo como propuesta real de su discurso electoral. Los mismos actores del odio de siempre, los publicistas del miedo y el horror que con sus recursos de producción mediática son capaces de soltar a los demonios del racismo y la discriminación.

La polarización se amplía como respuesta de la embestida mediática vertida mediante la sobredosis que nos acaban de suministrar, de millones de spots por radio, televisión, internet… por todas las vías posibles de difusión.

Como efecto de esas campañas que se encubren en eufemismos y disfemismos, como el de la pejefobia, aparece el odio contra el sur, que nos muestra en su construcción un reflejo de las zonas siniestras de la mente colectiva nacional y que tiene un origen racista.

Aunque el discurso de odio sustituyó toda posibilidad de aprovechar los tiempos de propaganda mediática para difundir ideas políticas y no terror, lo cierto es que, ante el hartazgo social, el discurso de odio fracasó, puesto que las preferencias electorales mostraron una inclinación masiva hacia el proyecto electoral de la izquierda morenista.

Solamente habría de preguntar a esos publicistas que cobran millones de dólares por sus producciones del horror, el odio y el miedo escudados en una concepción añeja y maloliente de la libertad de expresión, si duermen tranquilos después de saber que este proceso electoral dejó como saldo centenar y medio de actores políticos asesinados, amenazas y abdicaciones adelantadas a candidaturas por miedo a represalias y desapariciones que violentaron los contextos electorales locales, sometidos al imperio de la violencia y la ausencia del estado de derecho, con el poder de facto del crimen organizado.

El discurso de odio electoral también concita a la violencia, la irresponsabilidad de quienes lo compran y lo venden para intentar provocar miedo en el pueblo, rebasa los límites de la maldad.

En el futuro será responsabilidad de las audiencias reclamar la erradicación del discurso de odio en los procesos electorales, si es que miramos hacia adelante y avanzamos para cristalizar un cambio trascendente en el funcionamiento del gobierno y sus efectos en el bienestar social.

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