El Barrio en que vivo: Bellavista, una comunidad urbana de la Ciudad de México

Un deseo profundo de ubicar mi identidad cultural en el contexto de la historia local me condujo al estudio de la memoria colectiva de la colonia Bellavista, pero también a la indagación de leyendas almacenadas en la memoria familiar por la vía de mi abuelo materno, debido a que él fue uno de los fundadores de esta colonia y está estrechamente ligado a su historia. Bellavista se localiza en el conjunto de lomas que don Francisco Zarco, en su novela Las matanzas de Tacubaya, llamó el lomerío de Tacubaya, al poniente de la ciudad de México.
Analizar la vida familiar en mi barrio significa adentrarme en su mestizaje complejo, en la heterogeneidad que caracteriza a esta parte de la sociedad. En tal sentido, el barrio de Bellavista constituye una comunidad social en la que aparecen sintetizados en modo multidimensional los elementos de la vida en vecindad de numerosos pueblos latinoamericanos, cuyas sustancias sociales están constituidas por componentes culturales, étnicos y lingüísticos provenientes de diversos flujos migratorios, muchos de ellos ancestrales.
Al ser de Bellavista, también soy de un barrio, lo cual me genera un sentimiento de pertenencia a una sociedad y a un lugar, por pequeño que éste sea. Las vecindades de mi barrio son vistas por gente ajena a nosotros como algo meramente romántico; no son capaces de reconocer que se trata de un sistema complejo de convivencia, con mucho amor, pero también con mucha violencia, y que ésta va de la estructural, con su gama de sutilezas, a la brutal; la que se da cotidianamente en las calles.
Mi barrio tiene una historia propia; es el contexto cultural que da a sus hijos una referencia de localización en el tiempo y en el espacio frente a la escala de dimensiones gigantescas de la sociedad de masas y de la globalidad. En la época de un modelo neototalitario como el de la globalidad, el barrio se reafirma como la unidad de identidad cultural con carácter local de vida humana en comunidad, urbana o rural, así como de resistencia frente a la descomunalmente vertical pirámide social que caracteriza a la posmodernidad. Ante el exterminio de los modos de vida cotidiana tradicionales del pueblo, el barrio permite la opción de un espacio donde podemos volver a reunirnos para relocalizar, por ejemplo, las tradiciones, el trabajo, el juego, el amor, haciendo de la cultura una experiencia auténticamente local, compartida por todos los vecinos.
Barrio es la denominación tradicional que me sirve para nombrar el pequeño universo en el que nací y crecí; al que, como mis antepasados, estoy arraigado. En este caso particular, la denominación de barrio me deja señalar concretamente la territorialidad de mi colonia: Bellavista. Adquiero una personalidad individual y colectiva: soy del barrio. Tengo acceso a un acervo de recuerdos que he adquirido por la tradición oral popular. Practico y comparto con mis coterráneos festividades y celebraciones de costumbres. En el barrio sucede una suma de vivencias individuales y colectivas a cuyo conjunto llamo convivencia vecinal. Aquí se da la exaltación de las relaciones fraternales entre la vecindad, la flota o la banda: ¿O no, carnal? También practicamos el culto a los ancianos, los abuelos, quienes son portadores de la sabiduría ancestral convertida en experiencia, “de la maestra vida”, parafraseando al autor panameño Rubén Blades. En la colonia Bellavista practicamos modos de hacer las comidas y, asociado a esto, también una peculiar y no menos extraña recreación de la memoria de los espíritus de los muertos, a los que evocamos por medio de los alimentos. Así, por ejemplo, el día de los fieles difuntos, en las ofrendas locales, parafraseando a Marshal McLuhan, el altar es el medio y el mole es el mensaje.

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