El momento de la diversidad cultural de México

Reconocimiento de la diversidad cultural y la unidad nacional

Es el momento de reconocer la diversidad cultural de México. Su reconocimiento, valoración y respeto son los nuevos pasos de la ruta del País, en la que la unidad nacional no será, si no es desde el respeto y el diálogo con su diversidad cultural, étnica y lingüística.

El fortalecimiento económico interno, urgente ahora, depende de ello. En la medida que recorramos dicha ruta, reconoceremos el valor de nuestra diversidad en el proceso de desarrollo con identidad que implica dicho reconocimiento.

En este camino que lleva al reconocimiento de la diversidad cultural de México, encontraremos el valor de nuestro patrimonio cultural, tangible e intangible, con lo cual podremos dimensionar su localización en la economía, en la que, por ejemplo, el fortalecimiento del ahorro interno depende de la valoración social de las delicadas fibras de los tejidos de sus culturas, sensibles y sutiles, que constituyen la trama de la identidad cultural de nuestro país.

La nación y la unidad nacional

Ante la convocatoria a la unidad nacional, surgen preguntas relacionadas con la idea de nación y el significado que entraña lo nacional. Para dar especificidad a la unidad nacional convocada, es necesario empezar por aclarar de qué se trata el concepto nacional, aquí y ahora, en el marco de este nuevo contexto.

Para explicar estos conceptos citamos a Natividad Gutiérrez Chong, en su obra Territorio y reconocimiento constitucional, en la que señala: “… proponemos un marco teórico expresado en tres momentos del nacionalismo, que inicia en un marco histórico de finales del siglo XVIII, con el surgimiento del Estado; sigue con la construcción de la nación, del siglo XIX al XX y, por último, con la dinámica interna, expresada en demandas de reconocimiento étnico que están transformando al Estado moderno desde fines del siglo XX hasta el momento presente.”

En dicha obra, en este orden conceptual, Gutiérrez Chong puntualiza que la construcción de la nación multicultural o plurinacional implica: “…la capacidad de negociación y liderazgo de nuevos movimientos étnicos o proyectos que cuestionan el nacionalismo oficial y que demandan pluralidad y reconocimiento en la agenda democrática” (Gutiérrez Chong, Natividad, 2013, UNAM-MEXICO, p. 32).

¿Unidad nacional en torno al racismo mexicano?

En esta misma ruta de reconocimiento y valoración de la diversidad cultural mexicana para la unidad nacional con enfoque plural y diverso, es pertinente reconocer también —por amargos que resulten— nuestros modos propios de racismo y discriminación.

Si no reconocemos las especificidades de nuestro propio modo de racismo y hacemos lo necesario para curarnos, cualquier intento de unidad nacional omitiría esta delicada deuda histórica, que en el atraso mexicano adopta distintas formas identificables.

Peligroso es convocar a la unidad nacional sin desmontar la estructura institucional racista, heredera de la eugenesia adoptada en el siglo XX como fundamento de las políticas sanitarias del Estado mexicano moderno.

Entre las características de este racismo vernáculo destaca su contundente normalidad cotidiana, que adopta una cierta banalidad bañada de eufemismos y disfemismos mediáticos; que, instrumentada como política de masas, ha servido para ocultar y atrasar el México pluricultural, que somos, con todo su potencial intercultural.

 

Unidad nacional y soberanía plurinacional

En esta nueva ruta del reconocimiento de nuestra diversidad cultural como proyecto de unidad nacional, surge una palabra que habíamos olvidado: soberanía. En el nuevo contexto que se impone, la soberanía no es ya solamente una palabra que se coloca a modo con afanes retóricos en los discursos de políticos y tecnócratas.

Hoy nuestra soberanía se ubica en el contexto de una guerra comercial que oculta una política imperial de exterminio étnico contra el pueblo mexicano, titular constitucional de la soberanía nacional.

Desde esa perspectiva, cabe resaltar el carácter pluricultural de nuestro país, cuya identidad, constitucionalmente sustentada, radica en nuestros pueblos originarios y afrodescendientes, con quienes particularmente se tiene una deuda histórica, por ser víctimas del régimen legal de esclavitud que en los hechos constituye la base sobre la que se construyó el Estado nacional que hoy somos.

En este nuevo contexto de reconocimiento y valoración, la conjugación de la diversidad cultural con la soberanía nacional propone una vía virtuosa para el fortalecimiento equilibrado del interior de México, del México profundo, parafraseando al doctor Guillermo Bonfil Batalla.

El reconocimiento y valoración del México profundo es uno de los principales argumentos de una propuesta de unidad nacional basada en el patrimonio pluricultural de nuestro país. De otro modo, incurriremos en una nueva simulación.

La unidad nacional y su agenda pluricultural

Ante la carencia de un proyecto nacional pluricultural y la emergencia que en México implican los efectos de la llegada de la ultraderecha al gobierno de Estados Unidos, en nuestro país surge la convocatoria a la unidad nacional.

En este contexto emergente, la demanda de unidad nacional, si bien es pertinente, no es explícito en torno a qué y a quiénes se daría, lo cual produce abiertas sospechas, tanto respecto de sus contenidos como de sus finalidades. Un llamado como éste, sin una agenda plural y consensuada, abierta y clara, es como un llamado a misa, al cual únicamente acuden quienes son creyentes.

¿Unidad nacional, respecto de qué nación? ¿Nos uniremos en torno al proyecto del nacionalismo revolucionario, que con su capitalismo de compadres encumbró al PRI durante un siglo como partido único en un país diverso? ¿Nos uniremos en torno al proyecto del nacionalismo católico corporativo, que en México se benefició y enriqueció con el producto de la ignorancia, el atraso sistemático y el alcoholismo infundido en el pueblo mediante el sacrosanto binomio cerveza-televisión?

¿Acaso nos sumaremos a esa unidad nacional que nos lleva ahora a enfrentarnos a la cruel realidad que significa descubrir que, ante la irrupción del efecto Trump, no tenemos un proyecto nacional equilibrado en justicia, y en congruencia con la diversidad cultural, étnica y lingüística que realmente somos?

Ante estas carencias que provocan indefinición, la pregunta obligada es si la presente convocatoria a la unidad nacional es otra estrategia del grupo en el poder para su reposicionamiento en las encuestas de aceptación pública a su fallida administración.

Ya sea que se monte sobre el nacionalismo revolucionario o sobre el nacionalismo católico o en torno a una mezcla de ambos, la tal unidad sería una nueva representación de una simulación que se repite una y otra vez ante las masas, y no tendría mayor futuro que el de mensajes en televisión y redes sociales; campañas insulsas que hagan de la unidad nacional una moda. Por las evidencias encontradas, la duda cabe.

Ante la ausencia de un gobierno digno y de un proyecto nacional comprometido con el México profundo, la conclusión previsible es que un régimen ahogado en la banalidad no puede convocar más que a una unidad nacional banalizada, rabona y, sobre todo, light; es decir, descargada, vaciada de los contenidos de soberanía y pluralidad cultural de los pueblos que original y constitucionalmente la componen.

Una agenda mínima para la unidad nacional con enfoque pluricultural, en principio por deudas históricas, tendría sustento en la soberanía de los territorios de los pueblos originarios y afrodescendientes; más aún en aquellos que son sagrados.

Dicha agenda promovería la diversidad de saberes y de lenguas nacionales, interactuando en un nuevo momento de la construcción de la nación y de la pluralidad de ideas relacionadas con lo nacional.

Esta agenda para la unidad nacional con enfoque de diversidad cultural tendría sentido, y no sería una simulación, si fuera convocada con claras intenciones de desmontar el aparato neocolonial que nos explota a todos con voracidad depredadora, identificable, reconocible y, por tanto, documentable desde el reconocimiento del derecho a la consulta establecido en el Acuerdo número 169 de la Organización Internacional del Trabajo, y que en su condición vinculante asiste a los pueblos originarios y afromexicanos.

Para que la unidad nacional sea auténtica y no una simulación, deberá mostrar a la sociedad abierta sus verdaderos compromisos con la pluralidad cultural, étnica y lingüística que en realidad somos.

Ya no hay oportunidad de seguir vendiendo la simulación mediáticamente banalizada de un México homogeneizado y vacío de mexicanos. Es el tiempo del reconocimiento y la valoración de la diversidad cultural.

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