Las caras de la discriminación

En el mundo y en particular en México, la discriminación está en todas las dimensiones de la vida, de modo que resulta sumamente difícil abstraerse de ella.

En mi caso personal la forma de discriminación que más trastornó mi vida fue principalmente la religiosa. Marcó mi existencia violentamente con el desprecio a mi persona, por ser protestante luterano sin haberlo decidido por mí mismo y no practicar la religión católica dominante en México.

Cuando vivía mi infancia, paulatinamente me di cuenta de que estaba bautizado por la iglesia protestante luterana y mis dos hermanos también. Fue una decisión que tomaron mis padres.

En esas condiciones, inevitablemente te enfrentas a una sociedad que te maltrata de manera verbal, de manera gestual, física, de todas las formas posibles, siempre con hostilidad. En la primaria me despreciaron por no ser católico; mis compañeros de salón se alejaban de mí.

Poco tiempo después tuve noción de la discriminación por la clase social a la que pertenezco, lo que se manifestaba con su crudeza tanto en el entorno familiar por ser nosotros los más pobres de la parentela.

Ese maltrato lo llevé dentro de mí desde muy pequeño y me acompañó a lo largo de mi vida, sin saber por qué me lastimaba tanto y por qué estaba tan arraigado en mis entrañas; sin percatarme de que esa discriminación en el entorno familiar era solamente una parte muy pequeña de un entorno más amplio, un contexto de un país absolutamente discriminador.

El morenaje

Los años siguieron su curso. En ese tránsito conocí la discriminación que devenía del color de mi epidermis o, como le llaman convencional o normalmente, por ser moreno.

Entonces empecé a preguntarme por la palabra moreno y a percatarme de que era un color que nombraba el tono oscuro de mi piel, y con esas preguntas fui acercándome a la noción de lo que conocemos como mestizaje, que define nuestra característica étnica, crisol que aglutina la mayoría de los grupos sociales que integran el conjunto de lo que hoy llamamos nuestra nación. Esa en la que una minoría de personas de tez clara —y generalmente con antecedentes de piel oscura— que se consideran de raza blanca, son las que dominan.

Así, llegué a la etapa adulta, en la que me ayudé de lecturas, investigué y logré —metódicamente con estudio, sin victimizarme—, parafraseando a Jaques Derrida, deconstruir, desarmar todo aquello que antes me había lastimado en su acción discriminatoria. Entonces fui logrando su identificación desde una concepción crítica, racionalizadora de la discriminación, y ello me ayudó a entender estructuralmente el fenómeno.

Pude entender, por ejemplo, que esta estructura social actúa fundamentalmente desde la idea irracional de que el mundo está hecho de razas y que esa estructura la impusieron las clases dominantes, adjudicándose una posición de superioridad respecto de los demás grupos étnicos porque, desde su ideología, quienes son diferentes, son inferiores.

Mucho tiempo después de una infancia sufrida y reprimida por diversas formas de discriminación y racismo, entendí que en el fondo está la idea del supremacismo, y que cada sociedad tiene sus propios componentes de supremacismo, es decir, una superioridad que no se justifica desde ninguna postura razonada.

En conclusión, la discriminación es un fenómeno estructural complejo, sin fundamento racional, cuya violencia impide actuar con libertad y coarta el ejercicio pleno de los derechos humanos, los derechos inherentes a cualquier persona en el mundo.

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