NAVIDAD

La Navidad entraña en su significado la presencia de múltiples expresiones simbólicas, que a través de miles de años se consolidan en una construcción cultural fundamental de la civilización occidental, particularmente del cristianismo, y representan la renovación de la vida.
La liturgia católica localiza el nacimiento de Jesús el Cristo el 25 de diciembre, con lo cual recuperó antiguas celebraciones del imperio romano relacionadas con la renovación de la luz solar, así como otras tradiciones anteriores al cristianismo.
En la era cristiana, la construcción simbólica de esta civilización dio a la Navidad un lugar preponderante en la significación de la bondad. De tal manera, con el paso del tiempo dicha celebración se colocó en el centro de las celebraciones cristianas, al quedar cifrada en ella los misterios que giran en torno a la llegada del Mesías, quien llega al mundo a limpiar los pecados de la humanidad y a redimirla antes del juicio final.
Desde la antigüedad hubo profundas discusiones acerca de la legitimidad de esta celebración; las diferencias tuvieron su origen, antes que nada, en la precisión del día en que ocurre esta celebración, con lo que transcurrieron muchos siglos hasta que el 25 de diciembre se reconoció como la fecha oficial para celebrar el nacimiento de Cristo, luego de fuera determinada dogmáticamente por la suprema autoridad de la iglesia católica.
Después de la reforma luterana de la iglesia católica, hace 500 años, se presentó una nueva polémica entre la iglesia protestante da ahí surgida y la iglesia católica, apostólica, basada en la discusión respecto de la autenticidad del 25 de diciembre como fecha del nacimiento de Jesús de Nazaret.
Tal polémica tuvo amplias repercusiones que trascendieron los límites del continente europeo y alcanzaron a los puritanos de Nueva Inglaterra —Estados Unidos—, que reconocieron en la Navidad una práctica que no solamente extendía el poder del Vaticano en la espiritualidad cristiana, sino que vieron en ella los destellos, los residuos de prácticas culturales consideradas como paganas, que se creía habían desaparecido en la noche de los tiempos.
En el siglo XVII, también en Inglaterra, se presentó el peligro de que la Navidad desapareciera debido a la dureza de los dogmas puritanos; sin embargo, el pueblo inglés se apropió de la liturgia del nacimiento de Jesús, y con ello extendió su práctica como fiesta popular.
La fiesta popular de la Navidad mezcla los símbolos arcanos de la epifanía, representada por la natividad de Cristo, como mensaje del dios cristiano, a sus hijos, a quienes avisa con señales divinas la llegada del Mesías, cuya misión suprema es la salvación del mundo mediante la revelación del verbo del amor.
En México, la Navidad es también sincretismo que conjuga los símbolos antiguos de los pueblos de Oriente con las prácticas familiares de Occidente. En nuestro país, la Navidad sirve para congregar a las familias en torno a una mesa en la cual se comparten alimentos que sintetizan con su representación el homenaje rendido al niño dios, en nombre del amor que él representa y en nombre de la salvación de la humanidad.
Como resultado del vaciamiento de valores humanos y de la degradación de las celebraciones que giran en torno a la liturgia católica y que caracterizan a la civilización occidental, además de la poderosa influencia de la publicidad, la Navidad paulatinamente se redujo a un proceso repetitivo de consumo de mercancías que sucede cada final de año.
Alejada de la bondad, desde hace tiempo la Navidad fue convertida en el pretexto ideal para comprar y vender múltiples mercancías que sustituyen el sentimiento de amor profundo que antiguamente caracterizó dicha celebración.
Lejos de su origen, la Navidad se encuentra en el centro de los motivos que alientan el consumismo capitalista, distante de la noche en que en medio de una choza humilde y, rodeado de amor puro, vino Jesús a la Tierra, a lavar los pecados del mundo y, en su carácter dl Mesías, a salvar a su pueblo.

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