¡Viva la diferencia!

La discriminación es algo que debemos enfrentar desde que abrimos los ojos.  Seguramente ello ocurre en prácticamente cualquier rincón del mundo “civilizado”. En lo personal, vengo de una familia en la que uno de los progenitores era blanco y el otro moreno. Como consecuencia, al igual que ocurre con buena parte de las familias mexicanas, algunos de los siete hijos fuimos morenos y otros blancos. A diferencia de lo que ocurre con otras proles, el tono de piel no fue motivo de escarnio por parte de padres, hermanos o parientes cercanos. Sin embargo, en el barrio y en la escuela sí hubo el intento de discriminar a alguno de los hermanos por una o más de estas condiciones.

Bastante más subidas de tono eran formas de discriminación hacia quienes tuvieran alguna discapacidad o defecto, como el llamar Pirata a quien tuviera una nube en un ojo o Jarrito a quien sólo tuviera una oreja (o tuviera alguna deformidad en una de ellas) o El aparato a quien usara un auxiliar auditivo para paliar su sordera.

Un rasgo característico de la progenie de la que provengo es una estatura superior a la del promedio. Contra lo que algunos pudieran pensar, hasta esto llegó a ser motivo de hostilidad, generalmente por parte de los bajitos que, aleccionados por sus padres para que no se dejaran de otros niños a pesar de sentirse en desventaja, espetaban al larguirucho: “¿Y tú qué, grandote, te crees mucho? Ni le busques, porque te voy a madrear”. Y aunque resultaba difícil imaginar cómo aquel pequeño (y autodeclarado) enemigo podría lastimarlo a uno, más por flojera que por temor, la bravata quedaba en el aire (espero que con ello haya contribuido a fortalecer su autoestima en esa etapa tan importante de la vida).

Mi falta de habilidad para los deportes también fue motivo de discriminación. Así, sólo cuando los aspirantes a participar en un partido de futbol eran pares, tenía posibilidades de jugar. Si eran nones, a mí me tocaba quedar fuera.  Por supuesto, al principio me frustraba no jugar, pero con el tiempo, aunque me invitaran, prefería quedar al margen ante la perspectiva del regaño o la burla hacia mi falta de habilidad.

Esta discapacidad deportiva se extendía hacia otras actividades lúdicas de la infancia, como las canicas, el trompo y, años después, el billar y el dominó. Sólo en el póker —mucho más ligado al azar—era bien recibido y encontraba diversión compartida.

Por supuesto, estas y otras formas de discriminación que he podido apreciar y aun sentir en carne propia pueden considerarse como experiencias light por quienes realmente son segregados por el color de su piel, por su origen étnico, por su clase social o por tener alguna discapacidad; incluso, por hablar una lengua mexicana distinta de la que predomina en el país. Se trata de formas de rechazo que marcan para siempre o afectan gravemente la vida de millones de personas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *