• Número 1, julio-agosto 2016

    EN PROCESO DE TRANSCRIPCIÓN

  • Número 2, septiembre-octubre 2016

    EN PROCESO DE TRANSCRIPCIÓN

  • Número 3, noviembre-diciembre 2016

    EN PROCESO DE TRANSCRIPCIÓN

  • Número 4, enero-febrero 2017

    Editorial

     

    La intolerancia, el miedo a la diversidad y el afán de encerrarse en lo conocido y lo cercano son factores que degradan la convivencia y limitan el desarrollo de la Humanidad en todos los órdenes.

    A menos de un siglo de distancia de la Segunda Guerra Mundial, soplan en el mundo vientos que las lecciones históricas parecían haber apagado hace tiempo. La discriminación y el racismo aparentemente han resurgido de sus cenizas para enseñorearse en la escena  mundial.

    Hoy no son los judíos y los gitanos, sino los musulmanes, los mexicanos y los afrodescendientes quienes concitan el odio alentado desde la vesania de los supremacistas blancos que periódicamente quieren quedarse solos en el dominio del mundo.

    Donald Trump ha sembrado la semilla del odio entre los niños blancos, que comienzan a sentirse superiores por el solo hecho de tener la piel menos pigmentada que algunos de sus compañeros, y que están aprendiendo a odiar a quienes son diferentes por el solo hecho de serlo.

    En este sentido, resulta sobrecogedora la visión que se desprende del artículo publicado en este número de Diversidad Cultural por Anne Köster, en el que nos muestra el “efecto Trump” entre mexicanos o hijos de mexicanos que están resintiendo los embates supremacistas alentados por quien será el hombre más poderoso del mundo.

    Parece imposible que en pleno siglo XXI exista intolerancia hacia quien tiene una apariencia diferente por sus rasgos y su color de piel, el piensa diferente, el que habla diferente, el que viste diferente, el que tiene distintos gustos, el que tiene una religión diferente o no tiene religión, el que vive en lugares humildes en los que escasean los servicios.

    A lo largo de la historia, el recrudecimiento de la intolerancia ha devenido en guerras sangrientas que no tienen ganadores claros y que no dejan lecciones perdurables sobre la inutilidad de la violencia física o psicológica ejercida contra nuestros semejantes para tratar de imponer un punto de vista, por más descabellado que éste resulte.

    Sitios como el magnífico Museo de la Tolerancia ubicado en la Avenida Juárez de la Ciudad de México nos recuerdan cómo algunas de las guerras más encarnizadas tienen su origen en el odio, el racismo y la estupidez, y cómo el saldo de estos enfrentamientos es terriblemente sangriento e inútil.

    La maquinaria racista está en marcha, y sólo la inteligencia, y la tolerancia podrán lograr que no adquiera proporciones catastróficas.

    Por lo pronto, si bien no hemos llegado a los extremos que se barruntan con Trump, las expresiones de racismo y odio menudean, y hay mucho por hacer para frenarlas y, en contraparte, propiciar un ambiente de inclusión, tolerancia e identificación con el otro.

  • Número 5, marzo-abril 2017

    Editorial

     

    En este número, nuestros colaboradores se adentran en el complejo tema de la construcción de ciudadanía, aspecto fundamental para alcanzar una democracia plena que supone una amplia gama de tareas, las cuales van desde el aprendizaje, predominantemente empírico de las formas de edificar y consolidar este baluarte de la convivencia, que deben traducirse en un mayor interés hacia la participación en actividades cívicas y políticas, hasta el ejercicio activo y permanente de las expresiones ciudadanas.

    En momentos complejos, como el actual, en el que existe un gran desencanto hacia las figuras más representativas de la democracia formal —que son los gobernantes electos por el voto y los partidos políticos— es fundamental reconocer que la unidad nacional, tan trascendente en esta coyuntura, depende de la capacidad que tengamos de valorar y respetar la diversidad cultural, étnica y lingüística que nos caracteriza como nación.

    Sobre esto último, resulta por demás interesante el análisis de la función que cumple el patio de vecindad como espacio en el que se prodigan valores como la solidaridad, la capacidad de compartir y educar y el rescate de algunos grupos que han sido paulatinamente marginados, como las personas de la tercera edad, algunas mujeres y los niños. En patios de vecindad como el que retrata Claudia Paz en su artículo se transmiten valores de convivencia, respeto y orgullo por las tradiciones que, especialmente en los niños que por ahí pululan, resulta de enorme valor formativo.

    Espacios como éste ofrecen un entorno de protección y formación de utilidad invaluable y reúnen las condiciones propicias para ir construyendo ciudadanía desde las primeras etapas de la vida. Sin duda, es en ámbitos urbanos de gran cercanía, como éste, en el que confluyen y se consolidan las relaciones entre grupos humanos diversos en cuanto a origen, edades, condición social y tradiciones, donde será posible propiciar la convivencia, la participación en iniciativas benéficas para la comunidad y, en última instancia, aun cuando haya adquirido una connotación tan negativa, de participación política, en el mejor sentido de la palabra.

  • Número 6, mayo 2017

    Editorial

     

     

    En forma casi desapercibida, y tras varios intentos que no satisficieron del todo a sus más importantes impulsores, el Senado de la República aprobó hacia finales de abril, el dictamen mediante el que se expide la Ley General de Cultura y Derechos Culturales, y entre cuyos objetivos destacan el reconocimiento de los derechos culturales, el establecimiento de los mecanismos de acceso y participación a las manifestaciones culturales y de participación de los sectores social y privado.

    El nuevo ordenamiento, que aún será analizado en la Cámara de Diputados, contempla asimismo las competencias y los alcances que atenderá la política cultural, así como los temas y asuntos que abarcará.

    De acuerdo con algunos de los senadores que participaron en el proceso, el objetivo de esta ley, más allá de la mera regulación de la cultura, es establecer mecanismos para garantizar el respeto a la diversidad. Consideran que contribuye a transitar de la visión tradicional, centrada en la protección y preservación de la actividad artística y cultural, para asumir a la cultura como un instrumento de cohesión social, paz, y armonía en la convivencia.

    Tal como lo plantea Fernando I. Salmerón Castro en el artículo que se publica en este número de Diversidad Cultural, disponer de un instrumento jurídico que dé certidumbre en esta materia es de la mayor trascendencia. Pese a ello, si bien aparentemente sólo falta que la ley en cuestión sea aprobada en la Cámara de Diputados, aún pueden darse modificaciones a lo que plantea, con lo que podría regresar al Senado y seguir prolongando el proceso o, peor aún, desvirtuarse como consecuencia del manoseo.

    Sin embargo, resulta alentador que, a diferencia de muchas otras iniciativas legislativas que duermen el sueño de los justos, la Ley de Cultura dio el primer paso, por lo que habrá que hacer votos porque sea finalmente aprobada y promulgada y que su versión final conserve los rasgos innovadores que le permitirán contribuir a la consolidación del respeto a la diversidad y la salvaguarda de los derechos de los distintos grupos y culturas que coexisten en nuestro país.

     

     

  • Número 7, junio 2018

    Editorial

     

    Con este número de junio de 2017 arribamos al primer año de la revista Diversidad cultural. A lo largo de estos 12 meses, el proyecto se ha ido consolidando y hemos procurado mejorar los contenidos que ofrecemos a nuestros lectores en cada número. Sin duda, el camino que debemos recorrer es aún largo, pero también son enormemente satisfactorios los logros que estamos alcanzando en el trayecto, las voluntades y talentos que estamos sumando y la gran cantidad de temas y vetas de conocimiento sobre este campo que aún aguardan ser abordados y difundidos.

    En esta etapa que concluye, la periodicidad de nuestra publicación fue bimestral, lo que nos permitió medir fuerzas, reunir a un talentoso grupo de colaboradores que en cada número se enriquece y se amplía y sentar las bases para seguir avanzando.

    A partir de este número de junio, Diversidad Cultural aparecerá cada mes. En esta segunda etapa, nuestro propósito es ampliar la oferta de temas y especialistas y seguir avanzando para ofrecer un producto que se constituya en un foro abierto a todas las expresiones de la diversidad, en ámbitos como la cultura, la lengua, la educación escolarizada y extraescolar, las costumbres sociales y religiosas y un etcétera virtualmente infinito.

    En este primer número de la nueva etapa ofrecemos a nuestros lectores un amplio panorama de cómo la UNESCO concibió e instauró el Día Mundial de la Diversidad Cultural para el Diálogo y el Desarrollo, en 2001, los hitos que ha tenido este proceso desde sus inicios hasta nuestros días, y los documentos de referencia que resultan fundamentales para conocer este enfoque y contribuir a su difusión y adopción en todos los ámbitos a nuestro alcance.

    Por otra parte, en relación con el entorno nacional, publicamos un artículo de Fernando I. Salmerón Castro en el que se analiza la ambivalente relación de México con la diversidad y se perfila el rumbo que debe tomarse para avanzar en este camino.

    En tanto, en el contexto citadino, ofrecemos a nuestros lectores una revisión de Rodolfo Martínez sobre la relación que guardan la ciudadanía intercultural y la modernidad en el tradicional enclave urbano de Tacubaya, que resiste los embates del gigantismo y la urbanización sin medida ni orden y lucha con todas sus fuerzas por preservar sus valores culturales ancestrales, sus formas de organización y sus expresiones culturales.

     

     

  • Número 8, julio 2018

    Editorial

     

    El mes pasado se llevaron a cabo elecciones de gobernador en cuatro estados. Los procesos estuvieron marcados por diversas irregularidades cometidas, en mayor o menor grado, prácticamente por todos los partidos participantes. A lo largo de más de dos décadas, la participación ciudadana en la organización de comicios se ha ido consolidando. Sin duda, en términos generales, la captación y el conteo de votos se lleva a cabo ante la mirada de funcionarios de casilla seleccionados de forma aleatoria y los partidos tienen la posibilidad de contar con representantes que den fe de la limpieza del proceso en cada una de las casillas que se instalan el día de la votación.

    Hasta la fecha persisten vicios como el rebase en el límite de los gastos de campaña, la manipulación de los programas sociales y la abierta coacción y compra del voto, que “funcionan” precisamente porque no existen valores ciudadanos sólidos en éste y otros aspectos de la vida social.

    Buena parte de estas prácticas se pueden, si no eliminar, al menos reducir hasta un grado que no determine el  resultado de una elección si en cada casilla existen observadores imparciales y representantes de cada partido que participe en la contienda. Para ello, es indispensable que el sistema educativo contemple la adquisición de competencias en materia de ciudadanía entre sus prioridades.

    Si bien en apariencia los derechos cívicos y las formas de organización cultural y social no tienen la misma prioridad que la alimentación y la salud, la formación de ciudadanía es fundamental para lograr que se consolide una democracia y, por supuesto, para garantizar el equilibrio, la sana convivencia y el florecimiento de la diversidad como valor central.

    La construcción de ciudadanía es, sin duda una tarea que debe llevarse a cabo en comunidad, con la deseable participación de todos los miembros de una sociedad. Y como todo lo que bien se aprende, el desarrollo de competencias democráticas debe tener lugar en preferentemente durante los primeros años de vida y a lo largo de la formación escolarizada.

    En este número de Diversidad Cultural publicamos un análisis del papel del sistema educativo actual en la construcción de ciudadanía que incluye una revisión del alcance de la reforma educativa de 2013 en esta materia y resalta la necesidad de establecer prácticas que eduquen en este ejercicio.

    También ofrecemos a nuestros lectores una breve revisión noticiosa de lo que ocurre en México y en el mundo en el ámbito de la interculturalidad y de la diversidad, recomendaciones de libros y videos y artículos sobre una gama diversa de temas en este inicio de verano.

     

  • Número 9, agosto 2018

     

    Editorial

     

     

    En este número ofrecemos a nuestros lectores reflexiones diversas sobre el tejido social, sus características y la trascendencia de este entramado que sirve de base para construir comunidad y nación, así como una crítica a la forma en que los medios de comunicación trivializan la expresión “construcción de tejido social”.

    El objetivo es brindar opiniones sobre este entramado desde el que se hace posible la construcción de ciudadanía y la propagación del tejido sano dentro de ese organismo social del que formamos parte, especialmente en un contexto marcado por la violencia y la disputa por el poder dentro de un entorno de debilidad ciudadana y de la democracia.

    Resulta pertinente hacer énfasis en la necesidad de distinguir las diferencias, pero también las afinidades que permiten la cohesión de nuestra sociedad gracias a los valores que compartimos y las coincidencias que se dan dentro de la enorme diversidad de lenguas, rasgos culturales y fenotipos que se reúnen en México.

    También ofrecemos a nuestros lectores una reflexión sobre la diversidad religiosa, en el marco del quinto centenario de la reforma protestante que encabezó Martín Lutero en Alemania, y que marcó el camino para la apertura y el cuestionamiento de la institución eclesiástica encarnada por el poder de los papas.

    La reforma luterana también sirvió de base para dar identidad a la emergente nación alemana que, basada en su lengua, sus raíces culturales, sus expresiones artísticas y su credo religioso se consolidó al paso de los siglos como una potencia en todos los órdenes, más allá de sus ambiciones hegemónicas y expansionistas, expresadas a través de las armas y de luchas infames, como el Holocausto.

    Nuestro propósito es continuar abriendo al escrutinio temas relevantes para la interculturalidad, tales como la revisión del concepto de comunidad y su papel en la conformación de la nación mexicana.

    También mantendremos abiertas nuestras páginas a la revisión y el análisis los nuevos planes y programas de estudio que se proponen como resultado de la reforma estructural de la educación, en función de las características culturales de las regiones y comunidades de nuestro país.

    Por supuesto, seguiremos propiciando la divulgación de la riqueza cultural de las culturas y grupos étnicos que coexisten aquí, así como la revisión del avance en el reconocimiento y respeto de la diversidad sexual.

     

     

     

  • Número 10, septiembre 2018

    Editorial

     

    En este número de Diversidad Cultural ofrecemos a nuestros lectores diversas aproximaciones a los conceptos de comunidad, y sociedad. De la comunidad indígena al barrio; de la ranchería a la colonia urbana, con los factores que convergen para coincidir con la definición del Diccionario de la Lengua Española, que caracteriza a la comunidad como el conjunto de personas de un pueblo, región o nación, en tanto que define a una sociedad, como el “conjunto de personas, pueblos o naciones que conviven bajo normas comunes”, con lo cual, podría decirse que una sociedad está formada por una comunidad de comunidades.

    Sin embargo, en su artículo Reflexiones sobre la comunidad, que publicamos en este número de Diversidad Cultural, Fernando I. Salmerón Castro comparte con nuestros lectores los planteamientos de Ferdinand Tönies (1885-1936), quien es considerado el primer teórico de la comunidad, sobre los conceptos de comunidad y sociedad en distintas épocas de la historia de la humanidad, y considera que la primera está “más centrada en procesos orgánicos de maduración, con anclajes importantes en la tradición, la tierra y el pasado”, y se basa más en actitudes como la comprensión, la amistad, la gratitud  y la fidelidad, por lo que las relaciones entre sus integrantes se basan en un conocimiento  y reconocimiento mutuo. En contraste, percibe que la sociedad refleja un esquema de intercambio regido por el interés, el progreso, la ambición económica y de ganancia, sustituye el arraigo a la tierra y establece relaciones que se regulan mediante contratos, convenciones formales y leyes.

    En un contexto similar al de los valores de la comunidad que percibía Tönies, se da la vida en los barrios de la Ciudad de México que han logrado sobrevivir a la “modernidad”. En este número, Nick Tafoya, orgulloso oriundo y habitante del barrio de Tacubaya comparte algunas de las características que dan identidad y singularidad al que fuera uno de los primeros núcleos de población del Valle de México, en una historia que tiene sus primeros vestigios antes del asentamiento de los mexicas en estas tierras. Tafoya comparte con los lectores los aspectos más valiosos de su terruño y resalta los valores y tradiciones de este rincón que ha sabido sobreponerse a los embates de la “civilización”.

    Recomendamos también la lectura del artículo Comunidades Indígenas, de Rodolfo Martínez, que repasa las características de esta magnífica iniciativa del Canal 11, que tuvo lugar bajo la dirección de Pablo F. Marentes González, y que documentó la riqueza cultural y artística de algunos de los principales grupos étnicos de nuestro país.