• Número 11, octubre 2018

     

     

    Editorial

     

    Los sismos del 7 y 19 de septiembre que sacudieron diversas poblaciones de los estados de México, Oaxaca, Chiapas, Morelos, Puebla y la Ciudad de México volvieron a enlutar a la sociedad mexicana. Sin embargo, estas catástrofes, que costaron cientos de vidas y acabaron con el patrimonio y los medios de subsistencia de miles de familias, trajeron también de vuelta uno de los mayores valores que tenemos como sociedad: el de la solidaridad. Y por más que este vocablo se estuvo desgastando durante más de una década, al recuperarse la vocación de ayuda incondicional al otro, lo mismo para retirar los escombros que lo mantenían atrapado que para dar albergue y comida a quienes perdieron su hogar con el sismo, la palabra recuperó la plenitud de su carga semántica y su sentido.

    Por supuesto, la desgracia dio ocasión para que algunos buscaran el lucro, lo mismo con la invención y explotación mediática de historias que a través de la distribución de la ayuda colectiva a título personal o de partidos y gobiernos. Sin embargo, la norma general fue la entrega total y desinteresada de personas de todas las edades que lo mismo hicieron cadenas para retirar escombros que aportaron, acopiaron y clasificaron medicinas, alimentos, ropa y otros donativos para entregarlos de manera expedita a quienes lo requerían durante la emergencia.

    Por otra parte, en el contexto del controvertido “día de la raza”, el 12 de octubre, en que se rememora la llegada de Cristóbal Colón a tierras americanas, en el que cada vez más pocos ven motivo de celebración, resulta pertinente someter a una profunda revisión el concepto de raza, que hasta hoy se basa en el color de la piel, algunos rasgos físicos y características culturales compartidas.

    En el entorno globalizado que caracteriza al siglo XXI, la tendencia, por un lado, a un creciente mestizaje incluso en regiones de profundas tradiciones culturales, al tiempo que se segrega y atomiza a los grupos sociales originarios, hace que cada vez sea más difícil distinguir las razas a la usanza tradicional (blancos, negros, amarillos y cobrizos) y que sólo prevalezca la aberración de conferir mayor rango social a las personas con tono de piel menos oscuro.

    En este número el lector podrá hacer un repaso crítico sobre el llamado “encuentro de dos mundos” que, de acuerdo con lo que plantea Rodolfo Martínez, fue más bien un episodio histórico de sometimiento e imposición cultural.

    También tendrá acceso a un interesante artículo de Fernando I. Salmerón Castro, quien apunta que “El largo camino hacia una verdadera ciudadanía intercultural no puede dejar de pronunciarse a favor de la diversidad y de los distintos mecanismos de transformación que se requieren para alcanzarla”, y que los pasos que demos en este sentido deben llevarnos “por el camino del fortalecimiento de la intraculturalidad, el diálogo y el intercambio intracultural para avanzar en la transformación de las estructuras de la sociedad que mantienen las asimetrías coloniales y sus descendientes neocoloniales”.

     

     

  • Número 12, noviembre 2018

     

     

    Editorial

     

    Dedicamos este número de Diversidad Cultural a la muerte, elemento omnipresente en la cultura de los primeros pobladores de lo que hoy es México. Para esta aproximación, ofrecemos a nuestros lectores artículos y reseñas de libros en los que se analiza la relación de la muerte con nuestros ancestros, tanto en América como en Europa; el significado profundo de esta condición de la existencia en la cosmogonía de mayas y nahuas, entre otros pueblos originarios; la simbología y la fuerza asociadas a los sacrificios humanos; la naturaleza de monumentos funerarios como los tzompantli de los nahuas y diversos estudios sobre el porqué de estos monumentos funerarios, presentes en sitios religiosos de la mayor importancia, como el Templo Mayor de Tenochtitlan.

    Fernando I. Salmerón Castro hace un repaso de la muerte como personaje de las representaciones y fiestas populares mexicanas y su vinculación con “un concepto pictórico y literario medieval que surgió en Europa asociado a la gran mortandad causada por las terribles epidemias que diezmaron a la población de ese continente durante los siglos XIV y XV”, y advierte que el triunfo de la muerte en este momento se refleja en la pintura y, posteriormente en la literatura, dos siglos antes de la Conquista, con rasgos de ligereza que llevan a concebir el paso a la vida eterna como una danza macabra en la que la muerte baila con sus víctimas antes de llevárselas al otro mundo. El autor hace también un repaso de lo que significó la muerte en el simbolismo prehispánico y de la conjunción de estas dos visiones en las manifestaciones de cultura popular que prevalecen hasta nuestros días, en las que predomina el aire festivo y aun burlón que distingue a sus expresiones dentro de las artes plásticas, las artesanías y la literatura, y que se han convertido en uno de los referentes de México por excelencia.

    También rememoramos que el 7 de noviembre de 2003, la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y las Cultura) declaró la celebración del Día de los Muertos en las comunidades indígenas mexicanas como obra maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad.

    Así, en este siglo XXI, pese al entorno de violencia atroz que vive México, en el que la mortandad es producto de una epidemia ajena a las pestes antiguas, y aun cuando pareciera que no existe espacio para expresiones festivas, pervive el ánimo de celebrar.

    A las tradicionales visitas de los mexicanos a los panteones, para limpiar las tumbas de sus familiares y amigos y depositar ofrendas de flores, comida y aguardiente a sus muertos, se suman desfiles con personajes caracterizados como “catrinas” y otras advocaciones de la calavera, la calaca, la parca…

    Las panaderías ofrecen desde días antes el delicioso pan de muerto, que se ofrece en los altares, y que difícilmente falta en alguna de las mesas de las familias mexicanas; las calaveritas de azúcar, también presentes en las ofrendas, son bien recibidas por los niños como golosina, y las flores de cempasúchil adornan aparadores y hogares, donde también se exhiben algunas de las artesanías que representan a la muerte en figuras de barro, cartón o papel.

    En suma, el resultado de la evolución de esta tradición ha devenido en una conmemoración fundamental dentro de nuestro calendario, y el Día de Muertos está rodeado de alegría, de comida y bebida de fiesta y, ¿por qué no? de danza nada macabra.

     

     

  • Número 13, diciembre 2018

     

    Editorial

     

    Más allá del frío, que invita a ser hogareños, para los mexicanos diciembre es el mes más familiar del año. Es cuando vienen los hijos y los hermanos que viven fuera o cuando nosotros vamos a visitar a nuestros familiares en el “exilio”. Para todos los mexicanos, independientemente de confesiones o tradiciones espirituales, grupo étnico, cultura o país de procedencia —en el caso de los que migraron de otros países para asentarse aquí— este mes refiere a platillos que están presentes en prácticamente todas las mesas, desde la pierna de puerco o el guajolote hasta los romeritos con tortas de camarón, el bacalao, la ensalada de manzana y otras delicias que, aunque podrían prepararse en cualquier época del año, sólo en este mes se antojan, se preparan con las celosas de nuestras abuelas y se consumen.

    Ciertamente estos festejos son mucho más que estos platillos (y los pasteles de navidad, las colaciones, los turrones). Cada familia tiene (generalmente a partir de estos platillos) su propio menú y sus especialidades. Y si bien el entorno que se vive es de un desenfrenado consumismo, en los hogares lo que prevalece son las ganas de estar juntos, de recordar a los ausentes e ir forjando, a partir de las tradiciones de cada familia, las que habrán de caracterizar a la familia lo largo de los años.

    Como fruto de este proceso continuo, a lo largo de los siglos  han arraigado entre los mexicanos expresiones culturales como las pastorelas, que han evolucionado, se han adaptado a las épocas, e inevitablemente viven algún grado de decadencia que eventualmente puede modificarlas radicalmente o transmutarlas. Sin embargo, otras, como las posadas, son defendidas por grupos populares dentro de entornos urbanos como los barrios, se preservan e incluso parecen cobrar nuevos bríos.

    También vemos como se extienden tradiciones relativamente recientes, como la de La Rama veracruzana, surgida en la región de Sotavento al amparo de la evangelización, y que se ha extendido a otros estados del sur y sureste de México, como Tabasco, Campeche, Yucatán, Quintana Roo, Oaxaca y Chiapas, donde se va convirtiendo en sinónimo de festejos prenavideños.

    En este contexto de fiesta coexisten dos grandes tendencias: la que promueve el consumismo y hace sentir la necesidad de comprar regalos para agradar a los demás, so pena de enfrentar la culpa, y la que cultiva las actividades y expresiones tradicionales que son parte de nuestra esencia.

     

     

  • Número 14, enero 2018

    Editorial

     

    En coincidencia con la publicación de este número de Diversidad Cultural, iniciamos un nuevo año, que  estará marcado por una intensa fiebre político electoral, motivada por miles de candidatos que se disputarán el voto de los ciudadanos en las urnas.

    El 2018 habremos de elegir Presidente de la República, 500 diputados federales, 128 senadores, ocho gobernadores y cientos de presidentes municipales, diputados locales, alcaldes de la Ciudad de México, síndicos y concejales.

    En teoría, el momento debería ser propicio para una renovación profunda, la adopción de mejores políticas públicas y el combate eficiente de la corrupción, reflejados en acciones de gobierno más incluyentes que permitan moderar las lacerantes desigualdades que persisten en nuestro entorno y privilegiar las expresiones diversas.

    Durante la primera parte del año los ciudadanos estaremos expuestos al bombardeo de propuestas, promesas y supuestos compromisos por parte de los aspirantes a ocupar cargos públicos. Hasta ahora, los precandidatos a la Presidencia respaldados por los principales partidos políticos apenas han esbozado lo que se comprometen a hacer en caso de obtener el triunfo. Los representantes de las tres grandes coaliciones han ofrecido respeto a la diversidad sexual y, a grandes rasgos, han manifestado su compromiso de paliar las desigualdades e injusticias que se cometen cotidianamente hacia la mujeres, los ancianos, los jóvenes que no tienen acceso a oportunidades de estudio y de trabajo y, en general a los más pobres.

    Falta ver si, una vez que sean ungidos candidatos, Andrés Manuel López Obrador, Ricardo Anaya y José Antonio Meade —y las coaliciones que encabezan— presentan una plataforma y un programa mínimo de gobierno en el que expresen su compromiso con el combate de la discriminación y el reconocimiento, no sólo de la diversidad sexual, sino del vasto y riquísimo mosaico de expresiones artísticas y culturales de los representantes de los grupos étnicos y las culturas, tanto de los pueblos originarios como de las comunidades de migrantes que pueblan nuestro país; con la tolerancia hacia quienes profesen cualquier credo o tradición espiritual; con el reconocimiento y la defensa de las 68 lenguas indígenas nacionales —con sus casi 400 variantes lingüísticas— que tenemos; el respeto a las formas de gobierno propio de numerosas comunidades distribuidas en las distintas regiones de México; el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo y, en suma, el respeto y la tolerancia a todas las maneras de pensar, de creer, de vivir y de elegir.

     

     

  • Número 15, febrero 2018

    Editorial

     

    Sin duda, el lenguaje es la piedra angular sobre la que descansa la evolución de la especie humana; el rasgo diferenciador que propició el establecimiento de sociedades, primero sin rumbo fijo, y posteriormente en comunidades y ciudades que se extendieron a lo largo y ancho del planeta.

    La lengua ha sido instrumento de dominio, pero también de civilización; vehículo que permite a poblaciones cada vez mayores  compartir sus rasgos característicos, sus expresiones artísticas y, en suma, su cultura.

    Hay quienes, por necesidad o por el mero ánimo de ampliar el conocimiento, adquieren una segunda (tercera o cuarta) lengua. Sin embargo, ello ha corrido parejas con el desdén de algunos hacia las lenguas propias de cada comunidad en aras de la uniformidad y la supuesta facilidad para comunicarse.

    Los idiomas y sus variantes ofrecen una riquísima diversidad de pronunciaciones y entonaciones que, aun cuando no se emplean para cantar, pueblan de hermosas melodías el mundo. Por supuesto, lo mejor es entender lo que se dice en idiomas distintos del nuestro. Pero incluso cuando no las conozcamos, resulta por demás agradable la interacción con la diversidad.

    Una de las paradojas que se vive en México es que no entendemos —siquiera mínimamente al menos— la que, a juicio de algunos estudiosos, fue la lingua franca durante muchos siglos en lo que hoy es América —el náhuatl— y que la ignorancia investida de discriminación haya llevado a los hablantes de este rico idioma a avergonzarse de ello y a no transmitir su enseñanza a las siguientes generaciones, cuando debería recibir, cuando menos, la misma importancia que lenguas de referencia, como el griego y el latín.

    Hay en México regiones, pueblos y personas orgullosas de su lengua y de las expresiones culturales tejidas alrededor de ésta a lo largo de los siglos. Desgraciadamente, las migraciones y la falta de aprecio hacia los valores de las culturas originarias han contribuido a la desaparición de muchos idiomas y sus variantes lingüísticas. Sin embargo, estamos a tiempo de salvaguardar las que nos quedan y sentar las bases para que se fortalezcan y perduren, a través de su enseñanza y de la recolección de los saberes expresados a través de ellas.

    Para lograrlo, la intervención de instancias como el Instituto Nacional de las Lenguas Indígenas será fundamental. Con el propósito de adentrarnos en la trascendencia de las lenguas y del quehacer de esta institución, en este número de Diversidad Cultural ofrecemos a nuestros lectores un panorama de sus atribuciones y alcances.

     

     

  • Número 16, marzo 2018

    Editorial

     

     

    El arte es, de acuerdo con una limitadísima definición del diccionario, aquella “manifestación de la actividad humana mediante la cual se interpreta lo real o se plasma lo imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros”. Y resulta restringida porque, a lo largo de la historia de la humanidad, los artistas han logrado transmitir emociones, estados de ánimo y sensaciones a través de estos medios, pero también mediante la mímica, la danza y, cada día más, a través de la interacción de estos medios, y aunque a lo largo de los milenios ha existido en algunos la intención de uniformar este tipo de expresiones, las vanguardias se han encargado de terminar con sus pretensiones y, llegado el momento, ellas mismas ceder paso a nuevas corrientes.

    Durante muchísimos siglos se concibió al arte como una expresión elitista, ejecutada por unos cuantos genios, a quienes se reconocía como tales, que creaban para deleite de una élite, y se debían a sus mecenas, quienes se convertían en dueños de las obras materiales, en el caso de las artes plásticas, y en depositarios de las dedicatorias, tratándose de los grandes maestros de la literatura en todas sus expresiones, y recibían el más amplio reconocimiento social e histórico en el caso de la música.

    Los mecenas eran generalmente nobles o ricos comerciantes, en tanto que los artistas eran producto de la enseñanza brindada por los grandes maestros, que admitían a los jóvenes más talentosos como aprendices.

    Aunque para expresiones como la artesanía y los textiles la destreza y el talento requeridos sean tanto o más relevantes que en la pintura o la escultura, apenas en las primeras décadas de este siglo se comienza a reconocer a los autores de estas obras, y sus piezas llegan a alcanzar precios comparables con los de otros grandes artistas.

    En este número de Diversidad Cultural ofrecemos a nuestros lectores un repaso de los principales géneros de la música mexicana, que van de lo popular a la música culta; en este último caso, por ejemplo, con una notable influencia del mariachi en la música sinfónica. También incluimos un artículo sobre la oralidad y la literatura zapoteca, en el que Rodolfo Martínez se refiere a esta faceta de la cultura oaxaqueña, que está a la altura de la obra de grandes maestros como Tamayo, Nieto, Corzas, Morales y Toledo, sólo por citar algunos, quienes lograron mantener sus vínculos con las expresiones de cultura de los pueblos originarios al tiempo que su fama se extendió por todo el mundo.

    También incluimos un texto sobre otra de las artes que algunos consideran “menor” —el cine—, y en particular sobre una obra maestra de este género: La forma del agua, del mexicano Guillermo del Toro, cinta multipremiada que ejemplifica cómo toda forma de expresión artística puede conmover a quien la admira. Esta cinta en particular se distingue, además, por su forma de abordar la diversidad.

     

     

     

     

  • Número 17, abril 2018

    Editorial

     

    La discriminación es algo que debemos enfrentar desde que abrimos los ojos.  Seguramente ello ocurre en prácticamente cualquier rincón del mundo “civilizado” y dentro de casi todas las familias de nuestro país, en las que coexisten padres y hermanos con distintos tonos de piel.

    Pero no sólo el tono de piel es motivo para despreciar al otro. También lo son la estatura, la complexión, la belleza (de acuerdo con el patrón impuesto), las creencias, el género y las preferencias sexuales, la educación escolarizada que cada quien recibe, la clase social a la que se pertenece, el lugar de origen, la lengua materna (especialmente si ésta es una lengua mexicana distinta del español), las tradiciones culturales y hasta la falta de habilidad para los deportes y otras actividades lúdicas

    Por supuesto, existen grados de discriminación. Los peores son aquellos en los que una persona reúne dos o más condiciones de las enumeradas (moreno, chaparro, pobre). En cambio, quienes son bien parecidos, ricos o tienen un notable expediente académico atenúan su vulnerabilidad e incluso, pese a ser morenos, pueden pasar por blancos.

    Sin embargo, las formas más extremas de rechazo, marcan para siempre o afectan gravemente la vida de millones de personas. Por ello, deben combatirse desde los primeros años de vida, y la mejor forma de hacerlo es promover una cultura de inclusión y tolerancia tanto en la escuela como en otros ámbitos de la visa social.

    En este número, publicamos un artículo de Rodolfo Martínez en el que expone cómo ha sido discriminado lo mismo por su fe religiosa que por su extracción socioeconómica y su color de piel.

    En contraste, este mismo autor nos ofrece un festivo artículo en el que reflexiona sobre el valor de la diversidad y las aportaciones de los migrantes a la cultura de los países que los acogen.

    Por ello, es fundamental que quienes conocemos este problema denunciemos los actos discriminatorios de los que tengamos noticia y que luchemos, desde el ámbito de nuestras posibilidades y capacidad de influencia, para desterrar este cáncer social que, sin duda, puede resultar mucho más nocivo que muchas enfermedades físicas. Sólo así podremos avanzar hacia la armonía en la diversidad.

     

     

     

     

  • Número 18, mayo 2018

    Editorial

     

    En nuestros días, es preocupación central de científicos, ciudadanos comprometidos y activistas la conservación de la biodiversidad. En consonancia con ello, se nos informa sobre las especies animales y vegetales que están en peligro de extinción y se hace campaña para evitar que desaparezcan. Lo mismo ocurre con sitios naturales y vestigios arqueológicos catalogados como patrimonio material e inmaterial de la Humanidad.

    Para nuestro país, tan importante como el cuidado de estos activos, debe ser la preservación de la riqueza que representan las etnias que lo pueblan, sus rasgos distintivos, sus lenguas , sus expresiones artísticas, sus tradiciones y, en suma, sus expresiones culturales.

    En este contexto, y en coincidencia con el segundo aniversario de nuestra publicación, este número está dedicado al tema al que cotidianamente damos seguimiento y que buscamos difundir con la mayor amplitud posible, en el marco del Día Mundial de la Diversidad Cultural para el Diálogo y el Desarrollo, que se celebra el 21 de mayo.

    En un artículo sobre este tema, Fernando I. Salmerón Castro recuerda que “esta fecha fue instituida por la Organización de las Naciones Unidas con el propósito de impulsar el reconocimiento y la valoración de la diversidad cultural, y para que todos aprendamos a ‘convivir’ de una mejor manera, de forma tal que seamos capaces de reconocer el derecho que todos tenemos a mantener nuestra lengua, nuestra cultura, nuestras costumbres y tradiciones, a desarrollarlas y compartirlas sin ser discriminados por ello y sin que nos veamos obligados a dejar de ser lo que somos para aspirar a los beneficios del desarrollo”.

    También publicamos un texto de Rodolfo Martínez Martínez, en el que el autor advierte sobre “la asimetría abismal de la modernidad vernácula que coloca de un lado a la oligarquía nacional detentadora de la concentración de riqueza más alta del mundo y, del otro, a las expresiones de la diversidad cultural, étnica y lingüística de nuestro país, acechadas permanentemente por la desposesión de sus territorios y saberes, mediante actos de etnocidio, genocidio y ecocidio, como por la acción de caciques voraces”.

    Asimismo, ofrecemos a nuestros lectores un panorama de lo que ocurre en un mundo caracterizado por un entorno cada vez más diverso.

     

     

     

  • Número 19, junio 2018

     

    Editorial

     

     

    La diversidad es una característica inherente al nuevo milenio, y si bien la intolerancia y la discriminación han persistido a lo largo de los siglos y se hacen presentes con brotes y movimientos periódicos a cuan más peligrosos y sangrientos, predominan la mente abierta, la inclusión y la tolerancia entre buena parte de la Humanidad.

    Así, las distintas facetas de la orientación sexual son cada día más aceptadas como una elección personal de vida y la composición diversa de las familias —más allá de las tradicionales, compuestas por padre, madre e hijos— es ampliamente aceptada.

    Nuestra época también se caracteriza por la creciente participación de las mujeres en todos los campos de la vida y por la lucha que llevan a cabo cotidianamente porque se respeten sus derechos a percibir trato igual y salarios iguales; a recibir las mismas oportunidades; a no ser vistas como objeto y, menos aún, víctimas de abusos u hostigamiento por parte de los hombres.

    Y si bien los racistas o supremacistas en general se mantienen al margen —si ningún gobernante o líder local les da espacio para manifestarse—, están siempre dispuestos a hacerse notar y, peor aún, a violentar a quienes les parecen distintos —e inferiores— a la menor provocación.

    El proceso para llegar a este entorno de relativa tolerancia hacia lo diverso ha tomado siglos. Así, por ejemplo, los descendientes de esclavos africanos que llegaron al Nuevo Mundo durante la Colonia, fueron discriminados a tal punto que se los hizo desaparecer no sólo de las noticias, crónicas y estadísticas, sino de la vista de las “buenas conciencias”, al alejarlos de las principales ciudades y obligarlos a concentrarse principalmente en algunas zonas de las costas.

    En este número, el investigador Antonio E. Zarur Osorio nos ofrece un panorama histórico de cómo ha sido percibida la orientación homosexual a lo largo de la historia, desde las épocas en que a esta orientación se la llamaba el “pecado nefando” o sodomía (en clara alusión a Sodoma [y Gomorra]) hasta nuestros días, en que la homosexualidad y otras orientaciones se engloban dentro de una visión empresarial y de mercado, en un entorno en que, sin embargo, persiste la homofobia soterrada.

    Publicamos también un texto de Fernando I. Salmerón, en el que el autor analiza la realidad ética y el auto reconocimiento de los afrodescendientes. Llama la atención que apenas en el Censo de 2010 se incluyeron en el levantamiento de información poblacional datos específicos sobre la población indígena, y sólo hasta el conteo de 2015, la referida al auto reconocimiento de la población afrodescendiente. El artículo ofrece información por demás interesante sobre el porcentaje de población de origen africano y su distribución por estado, entre otros datos.

    Como decíamos al principio, la apertura hacia lo diverso también se inscribe en la globalidad. Un botón de muestra es la reciente boda del príncipe británico Harry con la actriz estadounidense Meghan Markle, orgullosa de su ascendencia africana, en una ceremonia oficiada por un obispo afroamericano y en la que alternaron miembros de la realeza con invitados afroamericanos. Algo impensable hace unos cuantos años.

     

  • Número 20, julio 2018

    Editorial

     

    Finalmente el 1 de julio se disiparon los temores de muchos y se alzó con la victoria el candidato más popular entre los electores; quien punteó durante todo el proceso, fue reconocido como ganador por sus adversarios —que si bien tenían poco que alegar dada la diferencia abismal en la votación, hicieron historia al reconocer la derrota poco después del cierre de las casillas—, por las autoridades electorales, por los dirigentes empresariales con los que intercambió críticas, los expresidentes Salinas, Fox y Calderón, el director de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y el mismísimo Donald Trump.

    El proceso y sus participantes fueron una muestra de la diversidad que existe en el país, tanto en lo que respecta al espectro político, como a las características personales de cada uno (un sureño, dos del centro y un norteño), quienes intentaron durante sus campañas convencer a los ciudadanos con propuestas, descalificaciones hacia los rivales e incluso ocurrencias.

    En el presente número de Diversidad Cultural ofrecemos a nuestros lectores textos referidos a esta etapa, que tuvo su punto culminante el primero de julio, y que marcó un hito en la historia política de México, con el triunfo de Andrés Manuel López Obrador, que se convierte en el primer político postulado por un partido de izquierda en alcanzar la Presidencia de la República.

    Publicamos un artículo de Fernando I. Salmerón, en el que el autor recoge propuestas puntuales formuladas a López Obrador en materia de investigación científica para que sean desarrolladas durante el gobierno que le corresponderá encabezar desde el primero de diciembre de 2018 hasta la misma fecha de 2024.

    Asimismo, incluimos una reseña de Lizeth Pérez Cárdenas de las propuestas dirigidas a los pueblos y comunidades indígenas que fueron presentadas en el Conversatorio: Los pueblos indígenas de cara al proceso electoral 2018, organizado por Colegio de Etnólogos y Antropólogos Sociales, por representantes de las tres coaliciones que competían por la Presidencia de la República (Xóchitl Gálvez Ruiz [PAN-PRD-MC], Adelfo Regino Montes [Morena-PT-PES] y Jesús Fuentes Blanco [PRI-VEM-Panal]).

    Finalmente ofrecemos a nuestros lectores un análisis de Rodolfo Martínez Martínez sobre las campañas negras y su fracaso —esta vez— en el intento de enrarecer el ambiente de las campañas políticas. Cabe resaltar que, muy por el contrario de lo que se proponían, hoy lo que se respira es una bocanada de aire renovado y cargado de esperanza.

    Habrá que permanecer atentos para ver que el magnífico impulso que significó la concreción del cambio de régimen cristalice en una transformación trascendente de la realidad social y en un México más justo para todos. Nos corresponde la responsabilidad de verificar que así sea.