Urnas, ceguera y lucidez

Román Ipiña

En vísperas de las elecciones intermedias la tozudez, el encono, la rabia y los intereses de ciertos sectores componen la mezcla que consumimos, a través de los medios, durante el día. La propaganda electoral, en su uniformidad, carece de propuestas concretas y se dedica a ensalzar o fomentar el odio y la división. No somos ajenos a tan patético espectáculo, cuya ausencia de coherencia permea al ámbito individual y suelen ser frecuentes los enfrentamientos derivados de la toma de postura por uno u otro bando. El ente encargado de organizar la elección tampoco escapa al escrutinio. Su sesgado proceder, abiertamente proclive a favorecer a uno de los grupos, le resta credibilidad y ha perdido imparcialidad como árbitro. Conocedores de las tendencias, los bloques opositores pretenden restar de antemano legitimidad al proceso y buscan apoyo en organismos internacionales que hace año y medio provocaron una severa crisis en Bolivia. Nada bueno podemos esperar del instituto que dirige la elección a escala nacional ni de sus cómplices en el desacreditado órgano interamericano. La única posibilidad de cerrar espacios a conflictos postelectorales es mediante la participación masiva de la sociedad. Ahora bien, en las circunstancias actuales, con el temor a la enfermedad de moda azuzado desde todos los flancos, la carencia de un discurso partidista creíble y la nula confianza que generan los dirigentes de la institución a cargo del proceso electoral, las probabilidades de una baja participación ciudadana son mayúsculas y ahí radica el punto de quiebre. Es un secreto a voces que la tal institución cuenta con un algoritmo que, en tratándose de diferencias menores a 3%, puede alterar los resultados. El efecto se anula con una participación masiva que arroje distancias mayores a ese porcentaje, como ocurrió en 2018. En ese sentido, es pertinente cuestionarse cuál será el comportamiento del electorado, dadas las circunstancias presentes. Encontramos luz y esbozos de respuesta en un par de obras del lusitano José Saramago, quien en un par de prodigiosas novelas, que él tituló ensayos porque conminaba a la reflexión, creó una ficción de cómo una sociedad puede tomar las riendas para transformar un mundo en el cual afloran los más siniestros aspectos de la condición humana.

En Ensaio sobre a cegueira, una desconocida ceguera blanca se expande más rápido que el bicho en boga y casi la totalidad de los ciudadanos, salvo unas pocas excepciones, se ve en la necesidad de hacer cuarentena, refugiarse, aislarse por temor al contagio, en tanto muchos otros deambulan extraviados por la ciudad. Enfrentados a esta insólita y repentina realidad, los ciegos apelan al instinto más primitivo de la naturaleza humana: la supervivencia a cualquier precio. Las pocas personas que conservaron la visión asumen “la responsabilidad de tener ojos cuando otros los perdieron”. El desaliento envuelve a la ciudad, imágenes aterradoras y conmovedoras nos hacen reflexionar acerca de los sombríos tiempos que transitamos y es frecuente cuestionarse si hay espacio para la esperanza. Ante tal panorama, la vida nos obliga a detenernos, cerrar los ojos y contemplar, no obstante la ausencia de visión. Ver, sentir, palpar e imaginar a fin de recobrar la lucidez y dar salida al afecto. Respirar, dar un paso a la vez, soltando para tomar conciencia de la ética, del amor y la solidaridad como elementos intrínsecos de nuestra especie y que, una vez desplegados, nos permitan tomar un derrotero que, a pesar de no verlo, tenemos la certeza de recorrer acompañados en pos de un mismo objetivo. Ante la imposibilidad de nombrarse en medio de las tinieblas provocadas por la ausencia del sentido de la vista, paulatinamente los ciudadanos apelan a recursos dormidos, ignorados y comprueban que con las cualidades que emergen del interior es posible trazar una senda y recuperar aquello que es realmente único y valioso. Al volver a la normalidad, se percatan de que existen otras dimensiones emanadas de las profundidades del ser y cuyo descubrimiento en medio de una crisis epidémica fue lo que les permitió no sucumbir y recobrar el sentido de la vista para dejar de ser “ciegos que, viendo, no ven”.

En Ensaio sobre a lucidez una pertinaz lluvia acompaña a la jornada electoral en la cual la mayoría de los electores decide votar en blanco. El resultado toma por sorpresa a las autoridades, quienes deciden repetir las elecciones: el voto en blanco aumenta. Lo inesperado de la situación lleva al gobierno a realizar una serie de minuciosas investigaciones al tiempo que asume una postura autoritaria y toma acciones represivas e ilegales. La dirigencia del país ve en ello una confabulación y la relaciona con la epidemia de ceguera blanca que años atrás afectó a la mayoría de la población. Asume que los incitadores de esta rebelión blanca fueron aquellos que no quedaron ciegos cuatro años antes. Resueltos a desentrañar el entuerto a través de métodos policiales, comisionan a un inspector para que encuentre a los responsables de la rebelión que desencadenó en el voto blanco. La ceguera se traslada a quienes detentan el poder. Su imposibilidad de ver más allá de sus propios intereses se manifiesta por medio de los mecanismos de control y corrupción cuestionados en una sola voz. El temor de una revolución pacífica protagonizada por un pueblo harto, desesperanzado e incrédulo, se incrementa ante la ausencia de confianza en las elecciones que supuestamente legitiman la democracia. En un cónclave ministerial, donde son expresadas diversas posturas y argumentos, se decide abandonar a su suerte a los “blancosos” y abandonar la capital. Muchos ciudadanos celebran esa decisión y la vida transcurre en aparente calma, sin autoridades, no obstante la presencia del alcalde, y sin delitos. Los escasos incidentes son atendidos por el cuerpo de bomberos y todo parece retomar su cauce hasta que un inaudito atentado en el metro, pergeñado por el propio gobierno, orilla a la gente a reflexionar acerca de la pertinencia de contar o no con uno. Numerosos ciudadanos amagan con abandonar la ciudad sitiada; hay conflictos, divisiones y finalmente las autoridades logran su cometido —por medio de interrogatorios ilegales y asesinatos— de retomar el poder basándose en el temor sembrado. Saramago puso sobre la mesa la controversia y suscitó polémicas con esta obra que se atreve a cuestionar los mecanismos de poder y la manera de entender la democracia.

La ceguera que nos obliga a mirar hacia adentro, despertar otros sentidos y aprehender el entorno desde otros ángulos, es una metáfora de la cápsula que nos encierra en el hedonismo transitorio y cierra la puerta al ser. Al vernos impelidos por las circunstancias a sobrevivir, descubrimos que, a partir de diferentes elementos, podemos vislumbrar nuevas aristas de cuanto nos rodea. Asimismo, la decisión de no optar por ningún partido supone un golpe al ego de los altos estamentos. Poner en entredicho el mecanismo que les permite legitimarse, es algo que no se están dispuestos a tolerar. Sin embargo, es posible vivir en “democracia” sin gobierno. Hace una década, los desacuerdos entre las partes para formar un gabinete y llegar a consensos insólitamente orillaron a un país a carecer de gobierno formal, y ser atendido por encargados provisionales. La solución no fue mala. Sabedores de que se encontraban bajo la atenta mirada de todo el mundo y de que sus puestos no eran fijos ni vitalicios y sin ambiciones político-partidistas — lastre que los condujo a esa encrucijada—, funcionarios de segunda línea tomaron las riendas de Bélgica y lo hicieron con decoro, actuaron con probidad y sensatez. Los números que se desprenden de los cerca de 600 días que estuvieron a cargo arrojan resultados positivos, superiores a los de otras democracias en la propia Unión Europea. El crecimiento sostenido, aunque modesto, el desempleo, las cuentas públicas y la seguridad evolucionaron incluso mejor que la media de la eurozona. Esta experiencia debe invitarnos a reflexionar acerca de quiénes, cómo, para qué y por qué deben ocupar los altos cargos gubernamentales. Miremos desde el interior apelando a recursos olvidados para ver el entorno y diseccionar a la fauna política que se disputa las prebendas del poder. Asumamos nuestra responsabilidad atendiendo a la reflexión que suscita la obra de Saramago. Votemos desde la ética y el análisis. Evitemos hacerlo visceralmente. Dado que el árbitro sólo ve para un lado, corresponde a la sociedad tomar las decisiones fundamentales.

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