2018 Año del cambio

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2018, el año que llega, trae consigo expectativas de cambio fincadas en la oferta política de los partidos que contienden por el poder presidencial. Llega con una agenda marcada por el proceso electoral federal que coloca la elección presidencial como aparente punto nodal de cualquier propuesta de cambio.

Llama poderosamente la atención la casi inexistente presencia de la diversidad cultural y la interculturalidad como propuesta de política pública.

Al menos, hasta estos momentos, los promocionales de televisión de los partidos contendientes en el proceso electoral no muestran ninguna propuesta relacionada con la diversidad, porque en términos generales son de una pobreza intelectual asombrosa, lo que permite advertir de antemano que los contenidos propagandísticos serán de bajo nivel de ideas y propuestas.

Únicamente el partido Movimiento de Regeneración Nacional, MORENA, define la diversidad cultural como parte de su plataforma política contenida en lo 50 puntos del Proyecto de Nación de Andrés Manuel López Obrador.

El asunto de la deuda histórica de la Nación mexicana con los pueblos indígenas originarios también aparece de forma explícita en el apartado número 40 del citado documento de los 50 puntos.

Por otra parte, no se alcanza a ver en ningún lado alguna propuesta de política pública relacionada con la diversidad cultural y la interculturalidad, justo en un momento decisivo, en el cual las propuestas de cambio evidentemente resultan en simulación de ofertas políticas que ofrecen el futuro mirando hacia el pasado.

De tal manera, junto al proceso electoral, el año 2018 tendrá en su agenda el aniversario 50 del genocidio del 2 de octubre de 1968, día en quese aplastó al movimiento estudiantil gestado durante ese mismo año, con la bota militar y mediante la represión sistemática ejecutada por el estado policía que surgió en México durante la llamada guerra fría>; el anticomunismo mexicano como política de estado que glorificaba con fanfarrias olímpicas el asesinato de estudiantes, profesores y dirigentes sociales.

A lo largo de estos 50 años ha estado presente el ocultamiento del genocidio de 1968 como parte de una política de estado que sistemáticamente violó los derechos humanos de la población; el olvido de los métodos represivos utilizados por para detener una supuesta conjura comunista en México.

Se cumplen 50 años de ocultación del contexto original del movimiento estudiantil, que tuvo como marco global la intervención permanente de Estados Unidos en la seguridad interna de nuestro país y el irracionalismo tan profundo como criminal que alimentó al anticomunismo mexicano hasta convertirlo en política de estado, con asignación de presupuesto para la represión del pueblo.

A lo largo del último medio siglo, la industria del entretenimiento masivo colocó exitosamente en la mente colectiva nacional su ideología individualista — en el marco de una cultura de masas tan confortante como anestésica, con la que se normalizó el despojo del patrimonio nacional, ocultándolo con su grandilocuente narrativa de banalización del mal.

Los gritos de libertad del movimiento estudiantil del año 68, cuyos ecos fantasmales aún suenan en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco se tornan en mentadas de madre para los legisladores que, 50 años después de su sacrificio, los recuerdan votando a favor de una ley de seguridad interna que atenta contra los derechos humanos y que va en contra de todo aquello por lo que aquellos estudiantes, maestros y ciudadanos lucharon, y por lo cual dieron si vida.

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