Qué tanto es tantito

A la memoria del novelista y cronista tepiteño Armando Ramírez

Nick Tafoya

Recuerdo el mes de julio de este año con sus tardes nubladas de lluvias intensas. Las tormentas vespertinas de julio tuvieron atarantada a Technotitlán durante todo el mes. Ciudad exótica con sus viejos ríos entubados que se desbordan reclamando sus añosos cauces.

Esas tardes de julio trajeron una de esas noticias que luego cuando te enteras, quisieras mejor que no hubiera llegado nunca. Fue una de esas noticias que hicieron más nubladas las tardes de julio. Una de esas tardes sonó el timbre de mi teléfono. Era la llamada de mi colega Valeriano Panzontzin Izquierdo, investigador de leyendas y arriero por herencia familiar.

-Nick, cómo te va. Te llamo para darte una mala noticia. Armando Ramírez ha muerto. Su familia publicó en las redes sociales un comunicado donde informan de su deceso-.

De la voz de mi colega se desprendía un halo de melancolía, de tristeza profunda que le era imposible ocultar, así es Panzontzin.

Después fue inevitable recordar y recordar, hacer memoria. En mi mente aparecía Armando Ramírez el novelista tepiteño, el autor de Chin chin el teporocho, luego adaptada al cine por Gabriel Retes, su ópera prima como director de cine.

Armando Ramírez el novelista constructor de historias del barrio profundo elaboradas con la suma de su erudición literaria y sus dotes artísticas. Su pertenencia al corazón del barrio le permite hablar desde ahí mero, desde el corazón de Tepito con la oralidad tepiteña, su contexto cultural de barrio bravo.

Armando Ramírez novelista con voz propia que habla con el corazón, desde la entraña misma de la vecindad, del salón de baile, de la esquina dicharachera, alburera y temeraria, con sus gandules, pachucos, malandros, muralistas, novelistas, poetas y teporochos rifándose la menda en un trompo a mano limpia con la maestra vida, al ritmo de Rubén Blades, la Matancera o Celia Cruz. Como me la pongas la bailo, dijo el ratón cuando bailaba su danzón.

En las páginas de cualquiera de sus novelas aparecen las voces profundas que nos hablan con sus ecos ancestrales desde las entrañas del barrio de Tepito, Voces de resistencia ante el tiempo, ante el olvido y la destrucción del barrio que impone la modernidad con su promesa de progreso.

Armando Ramírez también es el cronista de Tepito, el barrio de la resistencia ante el avasallamiento del progreso, el barrio estigmatizado, satanizado, el mítico barrio bravo, barrio profundamente simbólico en busca de una nueva lectura de sus códigos profundos.

Sin embargo, Tepito se mueve y Armando Ramírez hizo la crónica de sus bailes callejeros, de sus fiestas de quince años que luego llevó a una de sus novelas. Armando recreó el baile del barrio tepiteño, y con su recreación novelística, como lo hace en su novela Las noches del Califas, nos entrega la representación de un tiempo urbano, de un barrio con sus usos y costumbres con zapatos de charol tallando las pistas de baile. Porque en Tepito, como en Tacubaya y la Bellavista, la Guerrero y la Escandón, se gusta del baile fino. Ahí se baila con tumbao, se baila con caché. Se baila el cha-cha-cha, el mambo y el danzón, como lo baila el ratón.

Además de hacer un monumento literario al baile de barrio, tanto de salón como callejero, con sus novelas y sus crónicas, con su trabajo periodístico en televisión y Radio, Armando Ramírez contribuyó a visibilizar y a dar voz a la otra parte de Tepito, la del mundo del trabajo. Nos muestra el estudio, el ingenio y la creatividad que llevan a esa otra parte del barrio a desarrollar la pericia necesaria para la guerra de sobrevivencia diaria en un medio hostil, invadido por la violencia y el crimen.

La muerte de Armando Ramírez hace propicio el momento para también recordar su contribución con Tepito Arte Acá, uno de los movimientos culturales y artísticos más significativos de los barrios de Technotitlán, durante el siglo XX.

Aún con su desaparición física, Armando Ramírez todavía tiene mucho que decirnos, mucho que contarnos, porque su obra, literaria y periodística, como novelista y como cronista del pueblo chilango, es material de estudio, pues Armando la construyó con el andamiaje y la vitalidad de la oralidad ancestral del barrio, por eso y por más, ora verás, pues qué tanto es tantito.

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